jueves, 9 de julio de 2015

El bichito

¡Saludos!
Hace muchísimo que no actualizo el blog. Y eso es porque últimamente no escribo nada. No estoy precisamente ocupado pero sigo sin poder escribir nada, no sé por qué.
De todos modos, aún me quedan reservas para seguir compartiendo con vosotros, mis queridos y fieles lectores.
En este caso, os traigo otro mini-relato que escribí para clase. Sólo nos dieron un título, "El bichito", y a partir de ahí nos dieron carta blanca para escribir lo que quisiéramos. Y esto es lo que salió.
Espero que lo disfrutéis.
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EL BICHITO

            Llevo más de media hora completamente inmóvil en la esquina.
            Un enorme insecto negro me bloquea el acceso a la puerta. Me sostiene la mirada, una mirada indescifrable de bicho. Todas mis armas están en el cuarto contiguo, cuyo acceso me bloquea esta aparición, por lo que estoy indefenso. No quiero hacer ni un movimiento en falso, por miedo a que me ataque.
            No tengo ni idea de qué es, ni de dónde ha venido, ni de qué es lo que quiere. Pero está bloqueando la única salida posible de esta habitación. El habitáculo es gris, sus paredes están desnudas y en las esquinas empieza a notarse humedad acumulada. No hay muebles, pero eso no ayuda a que la sensación de claustrofobia se reduzca, ya que el espacio ya es reducido de por sí. Del techo cuelga una bombilla sin lámpara, con un casquillo quebrado del que salen un cable rojo y otro negro. La luz parpadea, supongo que porque la instalación eléctrica del edificio está hecha una mierda. Calculo que el suelo será un cuadrado de dos por dos metros, más o menos, y aproximadamente un metro cuadrado lo ocupo yo, acurrucado contra la pared posterior y mirando fijamente hacia la puerta.
            El bicho no se mueve. Ni siquiera parpadea. Ni siquiera sé si puede parpadear. Yo sí parpadeo. Cada segundo que pasa puedo sentir la tensión subir. ¿Qué hace aquí? ¿Acaso está esperando a que muera para poder alimentarse de mi cadáver? ¿Hay alguien fuera de esta habitación repleta de mierda que pueda ayudarme? ¿Alguna manera de acceder a mis armas?
            Hago un breve repaso mental por enésima vez. Cuento con una espada de acero élfico, hecha a medida para mí, que sé manejar a la perfección. También tengo un cuchillo de caza, una pistola (Beretta 92FS de nueve milímetros modificada a mi gusto) con el cargador repleto, un bidón de gasolina de unos cuatro litros y cerillas. Todo ello metido cuidadosamente en una bolsa de deportes que puedo ver perfectamente al otro lado de la puerta. Tengo la sensación de que alguien se ríe de mi patética situación, y me pregunto si será el bicho que me mantiene atrapado o la bolsa llena de armas al otro lado de la puerta.
            Es absurdo. Sacudo la cabeza intentando despejarme.
            Poco a poco me levanto del suelo. Escucho atentamente el relativo silencio. El zumbido de la resistencia de la bombilla, interrumpido cuando la luz parpadea. Una gota que cae al suelo de cuando en cuando. Mi respiración.
            No la del bicho. La mía.
            ¿Acaso respira?
            Me muevo de un lado a otro. El enorme insecto parece no reaccionar. Me acerco cautelosamente y lo golpeo con el pie.
            Ni un movimiento.
            Suspiro aliviado. El bicho parece estar muerto.
            Evito pisarlo, con algo de asco, y salgo por la puerta de la habitación, en dirección a mi bolsa de deportes. La abro y cojo la gasolina y las cerillas, dispuesto a quemar este maldito edificio lleno de muerte.
            En ese momento se apaga la luz del cuarto, sumiéndome en la oscuridad más absoluta. Oigo un ruido de patas de insecto detrás de mí.

            Se suponía que iba a ser un trabajo fácil.
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jueves, 19 de febrero de 2015

Las praderas de la Muerte

Últimamente me cuesta mucho escribir.
Tenía pensado reservar este relato que escribí hace ya unos meses para cuando volviera a tener un proyecto entre manos. Sin embargo, sigo sin escribir nada nuevo, así que tengo que recurrir a cosas que tengo en mi reserva para poner en el blog.
Esta historia en concreto es una de mis historias más extrañas: está inspirada en un sueño, que a su vez estaba inspirado en un videoclip (que podéis ver al final de esta entrada). Se inspira en la mitología griega, las representaciones religiosas de la Muerte, y el oeste norteamericano.
Espero que la disfrutéis.

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LAS PRADERAS DE LA MUERTE

Capítulo 1: Pequeño Jack.
            -¡Saraaaaah!
            Grité y grité hasta desgañitarme, pero en esos negros páramos no se veía un alma. Era una de esas noches en las que no hay estrellas en el cielo, y la luna nueva no iluminaba. Aun así, un raro resplandor me permitía ver hasta donde alcanzaba la vista. Hice girar en círculos a Thiago, mi caballo blanco, buscando a mi amada Sarah por los alrededores.
            Nada, ni un rastro de vida.
            Las hierbas muertas crujían bajo los cascos de Thiago. Era curioso, no se veía ni siquiera un simple árbol, sólo una llanura que se extendía infinitamente. Thiago relinchó y movió la cabeza. Le acaricié la crin, intentando calmarlo, y dejé de hacerle dar vueltas; tanto giro seguramente lo estaba mareando, y a mí sólo me servía para desorientarme más.
            Caí en la cuenta de que ni siquiera sabía dónde estaba. Ni por qué mi Sarah debería estar por aquí. Simplemente lo sabía. Sarah debía estar cerca.
            Entonces, a mi derecha, en la lejanía, oí un relincho. Pero no era un relincho corriente... No sabría cómo explicarlo, pero sonaba más como un mal presagio que como un relincho. El trote de los cascos hacía temblar la tierra. Y los gritos de “¡Jia!” que daba el jinete, aun oyéndose lejanos, helaban la sangre.
            Miré a mi diestra y vi una figura envuelta en una túnica negra, cabalgando a toda prisa hacia mí sobre un caballo más negro que la más oscura de las noches.
            Sin dudarlo ni un momento, espoleé a Thiago y lo hice cabalgar hacia el lado opuesto, huyendo del oscuro jinete que me perseguía. Ni siquiera volví la vista atrás; el sonido de los cascos del otro jinete ya me indicaba que estaba siguiéndome, y poco a poco iba ganándome terreno.
            Galopé y galopé sin rumbo fijo por esa oscura llanura sin fin, perseguido por ese infernal sonido de cascos. Cada bufido del caballo negro sonaba como si estuviera justo a mis espaldas, y me daba escalofríos. Sin pensarlo, volví la cabeza.
            Lo que vi me dejó estupefacto.
            El jinete estaba envuelto en una túnica negra que le cubría todo el cuerpo, como ya había visto, y las sombras cubrían su rostro. Pero sus manos, sus horribles manos huesudas, eran lo más horripilante de todo. La izquierda sostenía las riendas del oscuro caballo, mas la mano derecha sostenía una guadaña, cuyo filo relucía con el resplandor que iluminaba la llanura.
            De pronto caí en la cuenta, cuitado de mí, de que estaba huyendo de la Muerte.
            Espoleé con fuerza a mi caballo, esperando ganar algo más de terreno. Durante toda la maldita guerra estuve esquivando a la maldita Parca, y ahora que estaba de vuelta a casa, ¿por qué me perseguía? ¿Por qué, tras tantos esfuerzos por sobrevivir en el campo de batalla, estaba notando su frio aliento a mis espaldas? Yo sólo quería ver a mi amada prometida...
            -¡Sarah!
            Delante de mí, también galopando a toda velocidad en su yegua marrón, pude verla. Sus cabellos oscuros ondeaban al viento. Sus ropas masculinas no hacían nada por esconder una sensual figura femenina que conocía con escrupuloso detalle.
            Incluso entonces, perseguido por el espíritu segador de vidas, luchando por salvar mi alma, no pude sino sonreír.
            Espoleé a Thiago con más fuerza, esta vez no tanto para poner tierra entre la Parca y yo, como para alcanzar a Sarah, que galopaba veloz a lomos de su yegua. Con cuidado de no matar de agotamiento a mi fiel caballo, seguí haciéndolo correr hasta alcanzar a mi amada.
            Ella me miró y sonrió.
            Entonces el jinete oscuro detrás de nosotros tiró de las riendas e hizo a su caballo detenerse. Ambos miramos hacia atrás e hicimos lo mismo, extrañados. Hicimos a nuestros caballos volverse para poder mirar hacia la figura encapuchada, que nos devolvía la mirada desde debajo de su negra capucha.
            -Tengo trabajo – sentenció, con una voz de ultratumba que hizo que mi piel se erizara bajo el uniforme de soldado –. No tardaré mucho.
            Entonces la Muerte dio la vuelta a su caballo y se alejó de nosotros al galope, por el mismo camino por donde había venido. Sarah y yo vimos al espíritu alejarse, e inconscientemente nos dimos la mano.

Capítulo 2: La bandida Lauren.
            -¡Salid de ahí, gabachos hijos de puta! – grité, apuntando a la diligencia con mi rifle –. ¡Os tenemos rodeados!
            La portezuela de la lujosa diligencia se abrió poco a poco. De ella descendió un hombre rico con las manos en alto. El tipo vestía buenas ropas, portaba anteojos y tenía un ridículo bigote canoso.
            -No nos hagan daño, por favor – dijo el hombre, con un marcado acento francés –. ¿Qué quieren? ¿Dinero, esclavos? Cojan lo que quieran, pero se lo suplico, no nos hagan daño, a mí ni a mi familia.
            -Eso ya lo veremos, viejo – dije –. Haz salir a tus familiares.
            Mis cinco compañeros, que rodeaban la diligencia montados en sus caballos, armados con sus revólveres y rifles, estaban empezando a perder la paciencia. El cochero, un esclavo negro vestido con las mismas ropas finas que sus amos, estaba aterrorizado; quizá sus tripas habían vaciado desechos del mismo tono que su sucia piel de simio africano.
            -¡Vamos, maldito gabacho, no tengo todo el día!
            Apunté al viejo con mi rifle. El tipo estaba paralizado por el miedo, y a mí se me estaba agotando la paciencia. Viendo que tampoco tenía la intención de moverse, decidí darle un pequeño incentivo.
            Apunté con mi rifle al negro y apreté el gatillo. Sus sesos y pequeños pedacitos de su cráneo simiesco se desparramaron por el techo de la diligencia, y su asqueroso cuerpo cayó sobre la arena del desfiladero. En el interior del coche sonaron gritos de terror, y los caballos que tiraban de la diligencia se pusieron a relinchar, amenazando con encabritarse. Sin perder un solo instante, hice una seña al compañero que tenía al lado, que disparó sus revólveres sobre los caballos.
            -¡He matado a vuestros caballos! – dijo –. ¡Salid inmediatamente y quizá os dejemos con vida!
            El viejo no dudó en volverse.
            -Sortez! Sortez! – gritó.
            Al poco, una mujer de preciosos cabellos rizados y vestido pomposo salió temblando del coche de caballos. La seguían dos gemelas rubias de ojos azules, de unos trece años, muy guapas y vestidas de forma similar a la de la madre, y un niño de aspecto enclenque que no dejaba de toser y agarrarse la tripa.
            -Por favor, os daremos lo que pidáis, pero no nos hagáis daño... Sólo queremos llegar al siguiente pueblo... Juro que no diremos nada al sheriff – suplicó el viejo.
            Mi compañero me miró, con gesto de desconfianza.
            -¿Tú te lo crees, Lauren? – preguntó.
            Sonreí con malicia y miré al viejo y a su familia.
            -Si algo he aprendido en los años que he vivido, es a no confiar en la palabra de un gabacho. Sus promesas valen lo mismo que la mierda de sus caballos.
            Los otros bandidos se echaron a reír. Seguí hablando mientras recargaba el rifle.
            -Y el sheriff Pruitt nos la tiene jurada desde hace tiempo... Seguro que si le llegan rumores de que la famosa banda de Lauren ha robado a una familia de esclavistas gabachos, le pasa el aviso a los marshalls, los marshalls nos capturan, y lo siguiente que sabemos es que nos mandan a la horca. ¿Tú piensas correr ese riesgo?
            Mi compañero negó con la cabeza.
            -Lo que yo pensaba.
            Cerré mi Winchester, lo amartillé y apunté al viejo.
            -Au revoir, capullo.
            Un disparo.
            La mujer y las niñas gritaron al verse cubiertas con la sangre del viejo, que se desplomó en el suelo arenoso.
            -Lauren, las mujeres son bellas. ¿Podríamos divertirnos con ellas antes de matarlas? – dijo otro de mis compañeros.
            Sonreí. Sin duda las mujeres eran una belleza. Mis compañeros estaban acostumbrados a que yo fuera la única mujer. Tampoco es que yo fuera fea, ni mucho menos; de hecho era bastante guapa incluso vestida con ropas de vaquero. Pero no me dejaba tocar por nadie si yo no quería, y lo había dejado claro desde el primer día. Todos mis compañeros lo entendían y obedecían sin rechistar.
            -Sí, por supuesto... Ya ha pasado bastante tiempo desde la última vez que os limpiasteis el sable – concedí.
            -¿Y el niño qué? – preguntó otro.
            El pequeño miró hacia mí con ojos de cordero degollado.
            -No le hagáis daño – dije sin poder evitarlo –. Yo me encargo de él.
            -Como quieras – dijo mi compañero.
            Todos bajamos de los caballos y nos acercamos a la aterrorizada familia. Mientras mis compañeros agarraban a las mujeres, yo me acerqué al pequeño y me agaché para mirarle a la cara. Sus ojos eran negros como el azabache, así como su pelo, y no paraba de agarrarse el estómago. Miraba a su madre y hermanas mientras mis compañeros les arrancaban los vestidos.
            -Eh... ¿Dónde guardáis el dinero? – pregunté.
            El chico no dejaba de agarrarse el estómago y hablar en francés.
            -Oye, niño, no entiendo el gabacho. Habla en cristiano, dime dónde está el dinero y te dejaré salir con vida...
            De pronto, el niño se echó a toser, salpicándome la cara de sangre. Pude oír cómo se desplomaba en el suelo, mientras dentro de mí sentía la ira crecer. Con la manga de mi camisa, me limpié la cara, y sin dudarlo ni un momento cogí mi cuchillo. El niño estaba retorciéndose en el suelo, escupiendo sangre y llorando. Verlo patalear y quejarse sólo aumentó mis ganas de matar.
            Levanté las manos por encima de mi cabeza, y con un grito le hundí el filo de mi cuchillo en el estómago. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces. La sangre manaba del cuerpo del infante, salpicándome el cuerpo y manchando mi ropa. Con una mano le cubrí la boca al niño para que dejara de gritar, hasta que poco a poco dejó de patalear, dejó de moverse, dejó de respirar.
            De repente, sentí un contacto frio y huesudo en mi hombro. Una mano blanquecina.
            -No debiste haber hecho eso, Lauren – oí que una voz de ultratumba decía a mis espaldas.
            No me dio tiempo a volverme. El niño abrió los ojos de repente, unos ojos totalmente negros y malvados. Sin que yo pudiera hacer nada, cogió mi cuchillo y me lo clavó en el cuello.
            Caí al suelo mientras una fuente de sangre manaba de la herida de mi cuello. El niño corrió hacia mis compañeros, que ya habían desnudado a las mujeres y estaban a punto de regocijarse con ellas. Al primero le cortó el cuello, haciendo que una cascada roja cubriera la piel desnuda de su hermana. Al segundo le hundió el cuchillo en el pecho. El tercero tuvo tiempo de desenfundar el revólver a tiempo, pero él lanzó el arma y se la clavó en mitad de la frente. El cuarto llegó incluso a disparar contra el chico, pero él siguió caminando como si nada; cogió el revólver del tercero, y disparó al cuarto dos veces, una en la frente y la segunda en el corazón.
            El quinto estaba petrificado de miedo. El niño le disparó en la entrepierna, arrancándole el miembro de cuajo. Le disparó en las piernas, haciéndole caer de rodillas, mientras se acercaba. Con un quinto disparo le arrancó tres dedos de la mano derecha. La sexta y última bala la reservó para cuando ya estaba a su lado. Le metió la pistola en la boca y disparó. La parte posterior de su cabeza salió volando por los aires en una lluvia de sangre.
            Después se volvió hacia su madre y hermanas. Cogió el cuchillo, y sin un ápice de duda se lo hundió a su madre entre los pechos de un solo y certero golpe. Después, cogió otro revólver, y disparó una bala en la cabeza de cada una de sus hermanas.
            De pronto, me encontré de pie frente a mi cuerpo inerte y sanguinolento, incapaz de hacer nada que no fuera presenciar la horripilante escena que se desenvolvía frente a mis ojos.
            Una figura cubierta por una túnica negra descendió de su caballo, igualmente negro, y se detuvo frente al niño. El hombre de la túnica cogió su guadaña con ambas manos, y sin un ápice de vacilación le rebanó la cabeza al niño.
            Quise gritar pero no pude.
            El encapuchado se volvió hacia mí y me tendió una mano. Reconocí esa mano como la que me había tocado el hombro antes de que el niño me…
            …matara.
            Mis compañeros empezaron a aparecerse frente a sus cuerpos muertos, así como nuestras víctimas. El único que faltaba era el niño.
            -Habéis hecho un buen trabajo manteniendo al niño con vida – dijo el encapuchado –. Siento que hayáis tenido que pagar con vuestras vidas el descuido de Lauren.
            Fruncí el ceño. ¿Descuido? El encapuchado se volvió hacia mí.
            -Este niño estaba destinado a ser poseído por los demonios. Mantenerlo con vida durante seis días y seis noches era vital para que los demonios no entraran en este mundo. Por fortuna, he logrado impedir que causaran más daños. Pero tú, Lauren, bandida insensata, has echado a perder todo por lo que esta inocente familia estaba trabajando. Vas a pagar por tus numerosos pecados en la Otra Vida.
            Quise replicar, pero entonces el desconocido hizo un gesto. El desfiladero desapareció. La luna llena se apagó. Las estrellas se fueron extinguiendo una a una. El suelo arenoso se desvaneció. Los cadáveres desaparecieron, así como los caballos.
            Y todo se volvió negro.

Capítulo 3: El viaje hacia el Más Allá.
            Pequeño Jack había desmontado de su caballo junto a su amada Sarah. La miró a los ojos largamente antes de subir las manos y acariciar su rostro con suavidad. Ella correspondió el gesto, asió su rostro y tiró de él hacia sí, juntando sus labios con los de él. Jack cogió del talle a su amada, fundiéndose con ella en un abrazo. Se permitió dejar escapar un par de lágrimas sin romper el beso.
            Tras un largo rato, los amantes vieron aparecer en lontananza la triste pero imponente figura de la Muerte, seguida de un grupo de diez personas que caminaban a pie. El caballo negro de la Parca avanzaba despacio, al mismo ritmo al que caminaban los que la seguían. Entonces, y sólo entonces, Pequeño Jack comprendió.
            El joven soldado miró hacia atrás, y vio que la llanura terminaba no muy lejos. Curioso, Jack se acercó caminando hacia el pequeño acantilado en el que terminaba la llanura, y miró hacia abajo.
            Un modesto embarcadero con doce barcas de remos descansaba al pie del acantilado. Allí, una figura humanoide esperaba tocando una lúgubre melodía en un arpa vieja, iluminado por un viejo farol que estaba a sus pies.
            Sarah cogió la mano de Pequeño Jack, contemplando la misma vista que su enamorado. Estuvieron un buen rato escuchando al barquero tocar sus lúgubres melodías, hasta que las pisadas de los cascos del caballo negro se escucharon justo detrás de ellos.
            Pequeño Jack se volvió. Los recién llegados incluían un hombre viejo, una mujer rubia de cabellos rizados, dos niñas gemelas de cabello pálido, una mujer joven de cabello pelirrojo y cinco hombres cubiertos de cicatrices. Uno a uno, fueron saltando hacia el embarcadero. El barquero se limitó a gruñir, soltar su instrumento y extender la mano.
            -Humanos, estáis ante Caronte, el barquero del Más Allá – sentenció la Muerte –. Él es quien os guiará hacia vuestro destino. Deberéis seguir la luz que cuelga de su barco si no deseáis acabar perdidos durante toda la eternidad por el Éter. Primero, dejará en el Averno a quien esté destinado a la perdición eterna. Después conducirá al Paraíso a todo aquél que haya sido bendecido con la absolución. Sin embargo, todos vosotros deberéis pagar a Caronte por vuestro último viaje, por conduciros a vuestro destino.
            -Dos monedas de plata por viaje – dijo Caronte.
            El primer hombre rebuscó en sus bolsillos y sacó dos cuartos de dólar. Caronte cogió las monedas de mala gana, las examinó cuidadosamente y dijo:
            -Me valen. Coge una barca y espera.
            El hombre obedeció al barquero: escogió una barca y se sentó dentro. Así, uno a uno, hicieron todos los recién llegados, hasta que sólo quedó una barca libre.
            Pequeño Jack miró a la Muerte.
            -Tu amada Sarah dio su vida por salvar tu alma de las llamas del Averno – dijo la imponente figura encapuchada con su voz de ultratumba –. Fue un acto de sacrificio redentor. Ella te ama, Pequeño Jack, de la misma forma que tú la amas a ella. Vuestras almas están unidas por los lazos del amor para toda la eternidad, incluso sin haberos unido formalmente delante de vuestro dios. Ella es tuya, y tú eres suyo. Donde tú vayas, ella irá contigo.
            Pequeño Jack y Sarah asintieron, sonrieron y se besaron, antes de saltar, dados de la mano, al embarcadero de Caronte.
            -Para vosotros hay una sola barca – dijo Caronte –. Dos monedas de plata.
            Sarah sacó del bolsillo de sus vaqueros un cuarto de dólar, y Pequeño Jack otro. Entregaron a Caronte las monedas, que examinó escrupulosamente.
            -Me valen. Montaos en la barca. El viaje será largo.
            El malhumorado barquero se levantó, estirando sus extremidades. Dejó el arpa de mala manera en su propia barca, colgó el farol del soporte que había en ella, y con un simple gesto las doce embarcaciones comenzaron a navegar por las tranquilas y oscuras aguas.
            Todos tenían los ojos fijos en el farol que colgaba de la barca de Caronte, pero Pequeño Jack se permitió volverse hacia atrás un momento y dedicar una última mirada a la Muerte, que observaba las barcas alejarse desde su caballo, en lo alto del acantilado.
            Pequeño Jack sonrió y volvió a mirar al frente, hacia la luz de Caronte, que les guiaba en su último viaje, el viaje hacia su destino.


FIN

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VOLBEAT (ft. Sarah Blackwood) - Lonesome Rider.

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Licencia Creative Commons
Las praderas de la muerte por Juan Rivera se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Nuit d'amour / Noche de amor / Night of love / Notte d'amore

Sí, sé que prometí dejar de traducir, pero es que este texto no estaba originalmente en español, sino en FRANCÉS.
Queridos lectores, el texto que os presento ahora mismo es un ejercicio de clase de Francés. He traducido el texto a todos los idiomas que hablo como ejercicio de gramática, y quiero compartirlo con todos vosotros.
El texto está, en este orden, en francés, español, inglés e italiano. Es precisamente el texto en italiano el que me ha costado más, y el que probablemente tenga más errores.
Espero que lo disfrutéis.

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            Quand je ferme mes yeux, ma tête reste sur sa poitrine. J’écoute son cœur battre. Boom-boom. Boom-boom. Ce bruit me détend. Je l’aime plus que tout. Elle reste à mes côtes, toute nue, mes bras comme seule couverture. Boom-boom. Son cœur marche. Elle est endormie. Est-ce qu’elle rêve à moi ? Je rêve, bien sûr, à elle. Je souris. Je l’aime plus que tout. Je dors doucement.

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            Cuando cierro los ojos, mi cabeza descansa sobre su pecho. Oigo su corazón latir. Bum, bum. Bum, bum. Ese sonido me relaja. La amo más que a nada. Ella descansa a mi lado, desnuda, con mis brazos como única cobertura. Bum, bum. Su corazón funciona. Ella está dormida. ¿Soñará conmigo? Yo sí sueño con ella. Sonrío. La amo más que a nada. Me duermo lentamente.

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            When I close my eyes, my head rests on her chest. I hear her heart beat. Boom-boom. Boom-boom. That sound relaxes me. I love her more than anything. She’s lying by my side, naked, only my arms covering her. Boom-boom. Her heart still beats. She’s sleeping. Does she dream of me? I sure do dream of her. I smile. I love her more than anything. I slowly drift into sleep.

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            Quando chiudo i miei occhi, la mia testa riposa appogiata sul suo petto. Sento il battito del suo cuore. Bum, bum. Bum, bum. Questo suono mi rilassa. La amo più che tutto. Lei riposa accanto a me, nuda, con le mie braccia come unica copertura. Bum, bum. Il suo cuore batte. Lei dorme. Sarebbe possibile che lei sogna da me? Io sì sogno da lei. Sorrido. La amo più che tutto. Dormo lentamente.

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Espero que os haya gustado ^^

Licencia de Creative Commons
Nuit d'amour by Juan Rivera is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

martes, 11 de noviembre de 2014

Casi legal (ADVERTENCIA por contenido sexual explícito)

Echabais de menos que publicara algo, ¿eh?
Aquí tenéis mi última creación: un relato erótico. El primero que escribo con temática lésbica, además. Creo que algunas personas lo pueden encontrar muuuuuuy interesante ;)
Quiero recordaros que esto no es pornografía, sino erotismo. En este relato, aunque hay una escena de sexo explícito, es más sobre los personajes que sobre el sexo en sí.
Espero que lo disfrutéis.

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CASI LEGAL

            -Amanda... Tengo algo que contarte.
            Amanda giró su silla de escritorio y miró a su amiga, la pequeña Chloe, que estaba sentada en la cama de la habitación. Viéndolas juntas, uno se preguntaba cómo dos chicas tan distintas podían ser tan buenas amigas.
            Amanda era rubia, con una melenita corta que por un centímetro no le llegaba a los hombros. Sus ojos eran azules, con un leve tono grisáceo, y su nariz era respingona. Una sonrisa solía adornar su rostro, casi siempre como un reflejo de su buen humor. Sus curvas femeninas, aunque todavía no habían alcanzado todo su potencial, estaban relativamente desarrolladas, dándole un notable atractivo físico, y se mantenía en forma haciendo ejercicio asiduamente. Su postura erguida y actitud firme denotaban seguridad en sí misma. En cuanto a la ropa, solía llevar camisetas cortas y pantalones deportivos, con colores variados y vistosos. En conjunto, Amanda era una chica atractiva.
            Chloe, por su parte, vestía con ropa negra y de corte largo, que casi no dejaba piel al descubierto de cuello para abajo. Su actitud tímida y postura ligeramente encorvada transmitían inseguridad, lo que no estaba lejos de la verdad: Chloe estaba muy acomplejada de su cuerpo. A pesar de ser varios meses mayor que Amanda, era más bajita que ella, y su cuerpo en general estaba poco desarrollado para su edad; bajo su ropa holgada se escondía un pecho casi plano, una cintura ancha y unas caderas estrechas. Estaba muy delgada, aunque se mantenía dentro de los límites de la salud. Su rostro quedaba parcialmente oculto bajo su cabellera color negro azabache, una larga melena perfectamente lista tras la que se encontraba un rostro de tez pálida y cándida belleza casi infantil... que sus ojos rompían por completo.
            Por una pequeña mutación genética, los ojos de Chloe eran de un color muy inusual: rojo intenso. Mucha gente encontraba siniestro este peculiar rasgo físico, y por ello Chloe no era precisamente sociable. Sus ojos asustaban a todo el mundo.
            Menos a Amanda.
            Con todo, Chloe no era ni mucho menos fea, pero su belleza, al contrario que la de Amanda, requería algo más de esfuerzo para percibirla.
            -Soy toda oídos – dijo Amanda.
            -Verás, es que... me gusta una persona – murmuró Chloe.
            -¡Vaya! Me parece estupendo. ¿Y quién es?
            Chloe bajó la cabeza, mirando al suelo, y se llevó una mano a la nuca.
            -Es... es... una chica – musitó.
            Amanda se sorprendió al oír eso. No se lo esperaba para nada. Aun así, intentó no hacerlo obvio; su gesto podría malinterpretarse como rechazo, y lo último que quería era que su amiga se sintiera rechazada.
            -Vaya... No puedo decir que me lo esperara, pero me alegro – dijo Amanda –. ¿Te gustan las chicas?
            Chloe vaciló un momento, avergonzada.
            -No... No sé... Me gusta una chica. ¿No es raro?
            Amanda sacudió la cabeza.
            -No, no es raro, Chloe – dijo Amanda –. Que haya gente que no lo acepte no significa que sea raro, o que no esté bien. ¿Por qué, es que alguien te ha dicho que está mal?
            -No... De hecho eres la primera a la que se lo digo.
            -Entiendo. ¿Te puedo preguntar quién es?
            Chloe fijó la vista en el suelo, enrojeciendo visiblemente. Amanda se acercó a ella y se sentó en la cama, a su lado.
            -Está bien, Chloe... No tienes que decírmelo si no quieres, no pasa nada. Sea como sea, tienes todo mi apoyo, ¿vale?
            Chloe asintió y esbozó una sonrisa triste.
            -Gracias, Amanda – dijo.
            -Para eso están las amigas – respondió Amanda.
            Amanda abrazó a su amiga con suavidad. Pasado un instante, Chloe se separó de ella y la miró a la cara.
            -Te lo diré... pero tienes que prometerme que no te asustarás, ¿vale? – dijo.
            Amanda vaciló un poco, extrañada, pero aun así asintió.
            -De acuerdo, te prometo que no me asustaré – dijo.
            Chloe cogió aire y lo expulsó, bajando la cabeza ligeramente.
            -Eres tú – musitó.
            Amanda no pudo reprimir su gesto de sorpresa esta vez. Chloe apartó la mirada de su amiga para volver a dirigirla hacia el suelo, avergonzada.
            -Lo siento, lo siento muchísimo... – dijo Chloe –. Pero tenía que decírtelo...
            -No, no... No te disculpes – dijo Amanda, todavía haciendo esfuerzos por procesar la nueva información –. Es lo que sientes.
            -Pero... me siento como una tonta ahora... Porque pensé que tú...
            -No, no te sientas así – cortó Amanda –. Te he dicho antes que te apoyo y lo mantengo. Porque eres mi amiga, y te quiero. No pienses que por decirme eso te voy a querer menos.
            Amanda cogió la mano de Chloe.
            -Es que... yo me siento de esta manera, y si no te sientes igual que yo pues...
            -¿Qué te hace pensar eso?
            Chloe subió la cabeza para mirarla a la cara, sorprendida. Se encontró con los ojos azules de Amanda a menos de un palmo de los suyos, y en ellos una intensa mirada. La morenita vaciló, incapaz de pensar una respuesta, como hipnotizada por la cálida mirada azul.
            Sus labios se encontraron.
            Había sido Amanda la que, adelantándose unas décimas de segundo a su mejor amiga, se había acercado a ella, y había juntado sus labios con suavidad. Chloe abrió mucho sus ojos, verdaderamente sorprendida, pero no hizo nada para zafarse de ella; simplemente la dejó hacer.
            El beso de Amanda era lento e inexperto, pero sin duda alguna muy sentido. Chloe tardó unos segundos en relajarse del todo y responder al beso con la misma lentitud, aunque el ritmo que su corazón le marcaba era muy superior. Los labios de ambas chicas se deslizaban con suavidad, acariciando los de la otra con ternura, y la emoción del momento fluía tan intensamente que la inexperiencia no importaba.
            Pasado un momento, ambas chicas se separaron lentamente. Abrieron los ojos muy despacio y se miraron.
            -¿Te ha gustado? – preguntó Amanda.
            Chloe espiró profundamente, con una sonrisa nerviosa en la cara y el corazón latiendo con fuerza.
            -Siento como... un cosquilleo en el estómago – dijo Chloe.
            -Y yo – dijo Amanda.
            -Pero, ¿por qué lo has hecho?
            -Porque lo estabas deseando. Mucho. Se te notaba en la mirada.
            -Pues... sí – admitió Chloe –. Pero no quería obligarte a hacerlo si no querías...
            -No me has obligado – la tranquilizó Amanda –. Lo he hecho porque quería hacerlo.
            Chloe sonrió.
            -Gracias – dijo.
            -No hay por qué darlas.
            La morenita abrazó con fuerza a su amiga.
            -¿Y tú? ¿A ti te ha gustado?
            Amanda suspiró con alegría.
            -Me he sentido genial – dijo –. Ha sido muy intenso, para ser la primera vez.
            -¿Soy... la primera persona a la que has besado? – preguntó Chloe, sorprendida.
            La rubita asintió y sonrió.
            -¿No hubieras preferido que tu primer beso fuera con un chico? – dijo Chloe.
            -No me gusta ningún chico, la verdad – dijo Amanda –. Me alegro de que hayas sido mi primer beso, por encima de nadie más.
            Chloe abrazó a su amiga con fuerza, conmovida.
            -Te quiero – le dijo al oído.
            Amanda pasó la mano por su cabello, acariciándolo.
            -Yo también te quiero – respondió.
            Se miraron a los ojos. La mirada bermeja de Chloe resultaba más fogosa que de costumbre, tan cargada de profunda gratitud y cariño hacia su amiga, desde lo más profundo de su corazón.
            -Tú también eres la primera persona a la que he besado – dijo Chloe –. Y... me alegro mucho de que hayas sido tú...
            Amanda la interrumpió volviendo a besarla. Esta vez el beso fue algo menos pausado que el anterior, pero sin duda igual de sentido. Las manos de Amanda acariciaban el rostro de la pequeña morenita, mientras ésta la abrazaba, recorriendo su espalda con las manos. Con cada fricción de sus labios, con cada caricia, el beso crecía en intensidad, volviéndose cada vez más y más apasionado.
            Se separaron, jadeantes. Sus corazones latían a un ritmo vertiginoso, y la temperatura de la habitación había empezado a subir. Se miraron a los ojos, y vieron que en las pupilas de la otra había un resplandor, una luz especial, primaria.
            -Eso... sí que ha sido intenso – dijo Chloe.
            -Sí... – respondió la rubita.
            Amanda hizo un rápido cálculo mental: sus padres llegarían a casa de trabajar en un espacio de unas tres horas. Entonces se percató de que estaba empezando a sudar.
            -¿No tienes calor? – preguntó Amanda.
            Chloe se dio cuenta de que estaba acalorada, por diversas razones, y asintió.
            La rubita no se lo pensó dos veces: cogió su camiseta del borde y se la quitó de un tirón. No había razón para ponerse pudorosa, ya que ambas chicas se habían visto en ropa interior en muchas otras ocasiones.
            Sin embargo, Amanda nunca se quitaba ropa sólo por tener calor.
            -Esto está mejor – dijo.
            Entonces se percató de que su amiga se había quedado mirándola, con una mezcla de admiración, excitación y un poquito de envidia.
            -Si tienes calor, adelante, no te cortes – dijo Amanda.
            Chloe bajó la mirada y procedió a quitarse la camiseta lentamente. La morenita no llevaba sujetador. Nunca llevaba, por la sencilla razón de que casi no había nada que sujetar. No le importaba que Amanda la viera así, pero seguía sintiéndose acomplejada de su cuerpo.
            La rubita percibió la timidez en sus movimientos.
            -¿Qué te ocurre?
            -Es que...
            Chloe dejó caer la camiseta al suelo, cubriéndose pudorosamente el torso con los brazos y evitando encontrarse con la mirada de su amiga.
            -Chloe...
            -No me mires...
            Amanda se acercó a ella.
            -¿Qué dices? ¿Por qué dices eso?
            -Porque soy horrible...
            -No lo eres – dijo Amanda, firmemente –. Eres muy guapa, Chloe.
            -No lo soy – dijo ella –. Mírate... Tú tienes un cuerpo que quita el sentido, y yo... Soy enana, y más plana que una tabla. Tú estás buenísima y yo soy...
            -Diferente – interrumpió Amanda –. Eres diferente. No eres menos guapa por ser distinta, Chloe. Eres inteligente, interesante. Eso es muchísimo más importante que tener un cuerpazo.
            Le acarició la mejilla con lentitud.
            -Eres preciosa por dentro y por fuera, Chloe – le dijo con suavidad –. Te quiero por quién eres, no por cómo eres.
            Chloe sonrió con tristeza. A pesar de que su amiga estaba siendo sincera, le costaba creerla.
            -¿No me crees? Mira – dijo Amanda.
            La rubita se levantó, desabrochó el botón de sus vaqueros ajustados y los bajó un poco, mostrando su ropa interior. Chloe miró, algo cohibida.
            En la parte delantera de la pieza de tela podía apreciarse una pequeña mancha de humedad.
            -¿Ves esto? – dijo Amanda –. Tú has hecho esto. Así que no te atrevas a decir que eres fea.
            Chloe no salía de su asombro.
            -¿Te he puesto... así? – preguntó.
            Amanda asintió, subiéndose otra vez los pantalones.
            -Tú me has puesto así, sí.
            Chloe parpadeó un par de veces y sonrió. Amanda se acercó a ella y volvió a besarla, recorriendo su torso desnudo con las manos. Chloe subió sus manos por los costados de Amanda, y deslizó los dedos buscando el cierre de su sujetador, que consiguió abrir tras un breve instante de forcejeo. Los tirantes de plástico de la prenda se deslizaron por los brazos de la rubita, que la dejó caer al suelo.
            Tímidamente, Chloe acercó las manos hacia los pechos de su amiga. Sin estar del todo desarrollados, tampoco eran pequeños. La morenita puso las palmas de las manos sobre los senos de Amanda, al tiempo que subía la cabeza para mirarla a los ojos.
            Amanda se estremeció levemente con el tacto de su amiga, pero no dejó de perderse en ese par de ojos, rojos como el atardecer. Suavemente, correspondió al gesto, deslizando las yemas de sus dedos por el torso de la pequeña Chloe hasta llegar a su pecho. Se inclinó para besarla lentamente al tiempo que acariciaba sus pezones. Chloe ahogó un pequeño gemido en el beso. Sus lenguas se entrelazaron y bailaron entre sí entre ahogados jadeos.
            Entonces, instintivamente, Chloe rompió el beso para deslizar los labios hacia el cuello de Amanda. Comenzó a besar la zona con suavidad y lamerla de vez en cuando, arrancándole leves gemidos a su amiga. Oír esa reacción no hacía más que alimentar los deseos de la morenita, que incluso se atrevió a morderle suavemente el cuello.
            Amanda apartó a Chloe de su cuello para mirarla a los ojos. La mirada azul de la rubita delataba un instinto básico que acababa de ser despertado. Sin pensárselo dos veces, Amanda se lanzó a besar, lamer y morder el cuello de su amiga, copiando como podía sus acciones.
            Chloe sintió el contacto de la boca de su amiga, y no pudo evitar gemir ante el agresivo ataque. Sintió como sus impulsos más primarios ganaban terreno, y abrazó a Amanda con fuerza, haciendo más intenso el “beso de vampiro”.
            Poco a poco, Chloe se fue tumbando en la cama, sin que Amanda dejara ni por un segundo de besar su cara y su cuello, de forma que la rubita quedó sobre ella. Amanda aprovechó el cambio de posición para descender un poco por el torso de Chloe, y sin pensárselo colocó los labios alrededor de uno de sus pezones.
            Chloe gimió algo más fuerte, y rodeó la cintura de su amiga con las piernas, tirando de ella hacia sí. Amanda movía la lengua con soltura sobre el pezón erecto de Chloe, y fue cambiando de uno a otro según el momento. Chloe sentía que iba a perder la razón de un momento a otro del placer que estaba sintiendo.
            -Gimes como un gatito – dijo Amanda, pasado un rato.
            Chloe esbozó una sonrisa, miró a su amiga a la cara y se incorporó ligeramente para besarla. Durante el beso, Chloe masajeó con suavidad, pero con firmeza, los senos de Amanda.
            -Túmbate... – dijo la morenita, con evidente excitación en la voz.
            Amanda se tumbó en la cama, y Chloe se agazapó sobre ella. La besó otra vez antes de bajar hacia su pecho. Sin dudarlo, Chloe comenzó a lamer uno de sus pechos, mientras masajeaba el otro con la mano. Amanda gimió, excitada ante la nueva sensación.
            Con delicadeza, Chloe deslizó las manos por el vientre de su amiga, y se detuvo en el cierre de sus vaqueros, sin dejar de besar sus senos. Tras un instante de vacilación, la morenita desabrochó el botón del pantalón, y comenzó a bajarlo, deleitándose con el simple sonido de la tela vaquera deslizándose sobre la piel.
            Chloe miró a su amiga a los ojos, y le agradó ver que Amanda estaba tan segura como ella de seguir adelante. Se sonrieron mutuamente, antes de que Chloe continuara.
            En lugar de seguir besando su busto, Chloe decidió ir dejando un camino de besitos por el vientre de su amiga, mientras seguía bajando sus pantalones con las manos. Amanda creía que Chloe se detendría al llegar a la altura de su ombligo, pero en lugar de ello siguió descendiendo con la misma lentitud.
            -¿Qué estás...?
            Amanda se interrumpió cuando notó el tacto de los labios de su amiga a través de la tela húmeda de su ropa interior. Cualquier duda que hubiera podido tener hasta ese momento se desvaneció por completo: ahora sólo sentía un ardiente deseo.
            Chloe se dio cuenta. Sonrió traviesamente, y con sus dientes agarró el elástico de las braguitas de su amiga, para tirar de ellas hacia abajo. La húmeda prenda se deslizó delicadamente por las piernas de Amanda, que miraba excitada cómo su amiga, literalmente, le quitaba las braguitas a mordiscos.
            Chloe se incorporó para contemplar a su amiga, tumbada en la cama, completamente desnuda y con una expresión de deseo desenfrenado en el rostro, y no pudo sino abalanzarse sobre ella para besarla con pasión.
            -Desnúdate... – susurró Amanda en su oído.
            -¿Qué?
            -Quiero verte desnuda... Por favor... – la voz de Amanda estaba impregnada de lujuria, algo que a Chloe le provocó que su excitación creciera todavía más, si cabe.
            Chloe obedeció. Se incorporó frente a ella y procedió a quitarse el cinturón y desabrocharse los vaqueros. La holgada prenda cayó alrededor de sus tobillos de un golpe, revelando su ropa interior, que, como Amanda pudo ver, estaba completamente empapada.
            La rubita hizo un gesto con la mano para que Chloe se acercara, y ella obedeció. Amanda se incorporó y comenzó a besar el vientre de su amiga, mientras sus dedos se deslizaban bajo el elástico de sus braguitas y tiraban de ellas hacia abajo.
            Amanda se detuvo un instante para admirar a su amiga, desnuda delante de ella. El pubis de Chloe era completamente lampiño, a diferencia del suyo, que empezaba a revelar algo de vello. Instintivamente, Amanda acarició con suavidad la entrepierna de Chloe, arrancándole un pequeño gemido.
            -Preciosa... – dijo.
            Amanda se inclinó y besó con ternura la zona, sin dejar de acariciarla. Chloe empezó a emitir pequeños gemidos que sonaban como maullidos, mientras la mano de la rubita se deslizaba con delicadeza por entre sus labios menores. Poco a poco, Amanda fue desplazando a su amiga hacia la cama, sin dejar su tarea, hasta que consiguió tumbarla a su lado.
            El sonido de los gemidos hacía que Amanda fuera poco a poco atreviéndose a más. Las yemas de sus dedos acariciaban el sexo de su amiga, cada vez más rápido, volviéndola loca. La mirada fogosa de Chloe le indicaba que estaba disfrutándolo, y el creciente volumen de sus gemidos sólo conseguía excitarla más y más.
            Sin dudarlo, Amanda se agachó sobre la pelvis de su amiga, abrió la boca y deslizó la lengua por el sexo de Chloe.
            La siniestra morenita gimió fuerte y se estremeció ante el contacto de la lengua de su amiga, que iba volviéndose cada vez más rápido y agresivo. Chloe sentía como descargas eléctricas de puro placer en su bajo vientre que hacían que se retorciera y gimiera con violencia. Amanda iba aumentando la intensidad a medida que su amiga gemía más y más fuerte.
            Chloe comenzó a gemir más fuerte y rápido, sintiendo una bola de energía creciendo en su vientre. Amanda continuó con su tarea, ansiosa; sabía lo que estaba a punto de pasar.
            Entonces, Chloe sintió que no podía más, y toda esa energía que se había ido acumulando en su vientre se liberó de repente en forma de un clímax demoledor, enviando descargas eléctricas de placer hasta el último centímetro de su cuerpo.
            Entonces, la ola de energía bajó, y el cuarto quedó en silencio salvo por los jadeos de la pequeña Chloe, que se estaba recuperando del orgasmo más intenso que había experimentado en su corta vida.
            Pasados unos largos segundos, Chloe miró a su amiga, que se relamía con deseo. La parte inferior de su rostro estaba completamente empapada, y sus ojos azules revelaban una creciente excitación.
            Esto renovó las energías de la morenita. Amanda vio cómo el rojo de la mirada de su amiga se avivaba en un momento y sonrió.
            Se lanzaron con fuerza la una hacia la otra para comerse a besos. Sus labios se entrelazaron en una danza desenfrenada, perfectamente sincronizada y a una velocidad de vértigo, y sus manos recorrían sus cuerpos con frenesí.
            Los labios de Chloe se deslizaron sobre la piel de Amanda, besando y lamiendo su cuello con lujuria mientras sus manos masajeaban sus pechos y acariciaban su torso. Amanda jadeaba de puro gozo, con los ojos cerrados, dejándose llevar.
            Chloe continuó su descenso y comenzó a lamer los senos de la rubita, recolocándose de tal manera que ella estaba de rodillas en el suelo y entre las piernas de Amanda, que se encontraba sentada sobre la cama. La morenita siguió chupando el busto de su amiga, mientras recorría su torso con las manos libremente.
            Pasados unos minutos, Chloe abandonó la zona para continuar descendiendo. Amanda se recostó sobre la cama, para facilitarle el acceso, y abrió más las piernas.
            La morenita se detuvo un momento, admirando el sexo de su amiga. Se quedó mirándolo, casi maravillada, y lo acarició suavemente. Amanda se estremeció al contacto con los dedos de su amiga, y abrió las piernas todo lo que podía, invitándola a continuar.
            Chloe la miró a la cara y sonrió, sin interrumpir su tarea.
            -Preciosa – susurró.
            -Preciosa tú – respondió ella entre jadeos.
            La morenita se agachó y empezó a besar con suavidad el interior de los muslos de Amanda, sin dejar de estimular su sexo con los dedos. La rubita gimoteaba, estremeciéndose con cada movimiento.
            Pronto llegó un momento en el que Chloe no pudo aguantarlo más y se lanzó directamente a lamer el sexo de su amiga con verdadera ansia. Amanda gimió fuerte, con pequeñas descargas de placer sacudiendo su cuerpo a cada movimiento de la lengua de la pequeña morenita.
            Chloe atacaba con auténtica lujuria, casi hambrienta, y aunque nunca había hecho algo similar, Amanda parecía estar disfrutándolo mucho, lo cual le daba cada vez más y más energías. Amanda gemía cada vez más fuerte, presa del placer más intenso que jamás había experimentado.
            Cada instante que pasaba, la intensidad de las acciones de Chloe y el placer que sentía Amanda crecía exponencialmente. De vez en cuando, sus miradas se encontraban, intensas y elocuentes, entre mares de sensaciones.
            Chloe tanteó con su dedo índice la entrada de la vagina de su amiga, sin dejar de estimular el resto de su sexo con la boca. Para su sorpresa, su dedo se deslizó en el interior con relativa facilidad. Amanda gimió más fuerte.
            -No pares… Por Dios, no pares – dijo Amanda entre gemidos.
            Chloe comenzó a deslizar el dedo, metiéndolo y sacándolo del sexo de su amiga repetidamente, sin dejar de lamer su clítoris y sus labios menores. Amanda era esclava del placer más absoluto; gemía y se estremecía sin parar, dominada por sus instintos más básicos.
            Pasado un rato, Amanda se sintió cerca del clímax. Chloe lo notó, y aumentó el ritmo de sus manos y su boca, haciendo que Amanda comenzara a gritar.
            -¡Chloe, me voy a…!
            La última parte de la frase quedó incompleta cuando Amanda alcanzó un demoledor orgasmo. Todos los músculos de su cuerpo se contrajeron a la vez, y un involuntario grito de placer acompañó al violento clímax.
            Pasados tres eternos segundos, las energías de Amanda se disiparon, sus músculos se relajaron, y al orgasmo le sucedió una paz infinita, sólo interrumpida por los jadeos de la actividad pasada.
            Chloe ascendió hasta quedar a su nivel y la miró a los ojos. Amanda le devolvió la mirada, una mirada ya desprovista de lujuria y llena de ternura.
            -Ha sido… – comenzó a decir, pero Chloe la interrumpió.
            -Shhh. Sólo disfruta del momento.
            Ambas sonrieron y volvieron a unir los labios en un beso, un beso lento, pausado y lleno de cariño. Sus corazones, aún acelerados, latían con fuerza cada vez que sus labios se deslizaban. Ambas chicas se abrazaron, ya sin ninguna timidez, y tras romper el beso, Chloe apoyó la cabeza sobre el pecho de Amanda, sin dejar de abrazarla en ningún momento, escuchando los latidos de su corazón.
            -Amanda – dijo Chloe, pasado un buen rato.
            -¿Sí, Chloe?
            -¿Nos hemos acostado o hemos hecho el amor?
            Amanda se quedó pensando un momento. Nunca se había planteado la diferencia entre ambas cosas, pero en ese momento entendió perfectamente lo que Chloe quería decir.
            -Hemos hecho el amor – confirmó la rubita, acariciando el oscuro pelo de su amiga.
            Chloe movió la cabeza para poder mirarla a los ojos.
            -¿De verdad?
            Amanda asintió con la cabeza.
            -Oye… ¿Te puedo hacer una pregunta? – dijo la rubita.
            -Claro que sí…
            -¿Quieres ser mi novia?
            Chloe abrió mucho los ojos, sorprendida ante la pregunta. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras se le trabaron en la lengua, incapaces de salir.
            Entonces subió la cabeza y unió sus labios con los de Amanda una vez más, en un beso breve pero sentido.
            -Me encantaría ser tu novia – dijo Chloe – si tú quieres ser la mía.
            Amanda sonrió.
            -Por supuesto que quiero ser tu novia.
            Chloe sintió una inmensa felicidad. Abrazó y besó a Amanda una vez más, incapaz de contener una inmensa y radiante sonrisa. Por primera vez en mucho tiempo, podía afirmar sentirse verdaderamente completa.
            -Te quiero – se dijeron al unísono.

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miércoles, 3 de septiembre de 2014

Jack quiere decir algo

Saludos, seguidores del blog.

Algunos de vosotros habéis estado leyendo mis desvaríos artísticos desde el principio. Otros desde hace nada. En cualquier caso, habéis leído todo lo que tenía que decir al cabo de estos años, y nunca me he cansado de agradecéroslo (no puedo asegurar que viceversa también se cumpla). Habéis aguantado meses sin publicaciones nuevas, otros os habéis cansado de esperar (no os culpo, yo también me hubiera cansado), y otros... bueno, directamente no leyeron.

Todos vosotros habéis hecho un pequeño esfuerzo y habéis dedicado unos minutos a prestar atención a mis historias. Gracias de corazón.

Sin embargo, aquellos que me seguís en Twitter y Facebook (y no os hartais de mi constante diatriba) sabréis que hace tiempo que estoy atravesando un bloqueo creativo, el más prolongado y duro de los que recuerdo haber tenido.

Desde que terminé el primer borrador de la que es mi primera novela, "Niños de la tumba", mi producción ha sido muy escasa: Unos pocos relatos pornográficos (que no publicaré), un guión cinematográfico por encargo (que no puedo publicar por copyright) y un pequeño relato de siete páginas basado en un sueño que tuve (que quizá publique algún día) es en lo que se resume mi producción desde que terminé "Niños de la tumba". Todo el resto ha sido revisión de manuscritos, tareas de clase, adaptaciones a guión de obras literarias propias y ajenas... Realmente ha habido poco en el campo de la creatividad.

Y no es por falta de ideas, realmente. Ideas tengo. Lo que por alguna razón no me sale son las palabras para expresar esas ideas.

Antes he mencionado la revisión de manuscritos. He vuelto a encontrar en mi vieja bolsa de escritor (que algunos ya conocéis de haberme visto en persona) algunos manuscritos de hace algunos años. El resultado fue tan satisfactorio como deprimente: satisfactorio porque vi que tenía un buen material entre las manos, pero deprimente porque fue la confirmación de que la labia, el sentido del humor y el ingenio que tenía hace años... sencillamente ya no están presentes en mi trabajo.

Esto me hizo reflexionar mucho. Hace años, yo era un escritor más preocupado de jugar con todas las posibilidades de las palabras que en contar una buena historia. Y eso era precisamente lo que hacía funcionar mis historias: no era QUÉ contaba, sino CÓMO lo contaba. Y eso se refleja mucho en mis últimos trabajos, que en comparación con mis anteriores trabajos carecen de esa riqueza de palabras.

Concretamente en "Niños de la tumba" empecé a sacrificar ese hábito de retorcer las palabras para crear belleza, en favor de la historia. Si bien es cierto que estoy muy orgulloso de haber creado una narración tan compleja sin que queden cabos sueltos, la elección de palabras era muy sosa en la gran mayoría de ocasiones.

Eso es algo que intentaré corregir en el siguiente borrador de "Niños de la tumba", por cierto, pero continúo con mi reflexión.

Creo que una de las razones por las que he sacrificado la retórica en favor de la historia es porque he empezado a hacer traducciones inversas para el blog, y ya pienso más como un traductor que como un escritor.

Veréis, en más de una ocasión he llegado a descartar conscientemente un buen juego de palabras porque sería imposible de traducir al inglés. Es cierto que la traducción de "Niños de la tumba" no quedó mal (de hecho los diálogos son muchísimo más ricos en matices en inglés que en español), pero creo que las traducciones han hecho más daño que beneficio a mi estilo de escritura.

De modo que de ahora en adelante no voy a seguir traduciendo al inglés. Lo siento muchísimo por mis lectores no hispanohablantes, pero si quiero seguir siendo un buen escritor debo hacer ciertos sacrificios. De verdad que me duele darle la espalda de esta manera a los seguidores de habla no hispana, pero no me queda otra opción.

A partir de ahora, no más traducciones.

Otra de las razones por las que creo que tengo estos problemas a la hora de escribir es precisamente porque creo que "Niños de la tumba" es una de las mejores cosas que he escrito jamás.

Por desgracia, tengo la mentalidad de que "a algo bueno le tiene que seguir algo mejor todavía", y creer que no podré llegar al nivel de "Niños" me está frenando. Me da miedo no dar la talla. Tengo historias, pero a mi juicio no son tan buenas como lo fue "Niños", y eso me hace descartarlas.

Condenado perfeccionismo...

Espero poder librarme de esa sensación en un futuro no muy lejano, porqu me está haciendo descartar ideas que, aunque no sean tan buenas como "Niños", no son nada malas. Es decir, si pensar como un traductor me hace rechazar palabras, la sensación de no estar a la altura me hace rechazar ideas. MAL.

Os agradezco haber leido esto. Realmente ha sido una mezcla de noticias y algo terapéutico... Me ayuda poner las cosas en palabras.

Espero veros por aquí en breves (eso significaría que he conseguido superar el bloqueo). Mientras tanto, seguid haciendo actividades creativas de cualquier tipo (incluye leer y ver películas, que estimula mucho la imaginación).

Un saludo,
Jack.

viernes, 7 de marzo de 2014

V.S.: Niños de la tumba // Children of the grave (23)

Por fin.
Esta es la última parte de NIÑOS DE LA TUMBA.
Ha sido genial compartir con vosotros esta historia, verla evolucionar con vuestras críticas y comentarios. De verdad ha sido muy reconfortante, no tengo más que palabras de agradecimiento.
Pero las voy a dejar para después del capítulo. Por desgracia he perdido mi hoja de agradecimientos, que había escrito para esta ocasión, así que tendré que improvisar.
Espero que os guste. Es una escena muy emotiva.
Ha sido un placer. Hasta la próxima historia. :-)

Finally.
This is the last part of CHILDREN OF THE GRAVE.
It's been great to share this story with you, to see it evolve with your critics and commentaries. It's been truly comforting, I don't have but words of gratitude.
However I'm going to save them for the end of the chapter. Unfortunately I've lost the sheet of acknowledgements that I had written for this, so I'll have to improvise.
I hope you like it. It's a very emotional scene.
It's been a pleasure. See you in the next story. :-)

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            Los días siguientes fueron un auténtico caos.
            Monique tuvo que enfrentarse sola a una montaña de papeleo. Wolff estaba arrestado por agresión, Jackie en el hospital, y había un montón de preguntas que responder en lo que concernía a ese último caso en el que se habían metido.
            Entre ellas, las muertes de David Peck, Carl y Starla Hudson, Louis-Armand de l’Êtat, Saul Wallace, y Edward y Lissa Harris. Además estaba la desaparición de la niña Abigail Callie Grace Harris, el momento de enajenación mental de Winston Wolff que le llevó a agredir al agente Jack Lamb, el archivo de audio misteriosamente malogrado de un interrogatorio a Tyler D, y la presencia de policías de servicio en la fiesta de Versailles.
            Realmente Monique deseaba que el caso se archivara finalmente para no tener que explicarlo todo. En realidad el caso ya estaba cerrado, pero una cosa es la realidad y otra muy distinta la versión oficial.
            Haciendo balance de todo, en este caso Monique había tenido más pérdidas que beneficios. Wolff estaba arrestado, Jackie estaba en la clínica bajo cuidados intensivos, varias personas habían muerto… y tenía demasiadas explicaciones que dar.
            Monique suspiró, hastiada, y se restregó los cansados ojos, intentando despejarse.
            -Hola, inspectora – dijo una voz delante de ella.
            La inspectora subió la cabeza y miró hacia delante. Frente a ella se hallaba la sombría figura de Wentworth Smith.
            -¿Cómo ha entrado aquí? – preguntó Monique.
            -Yo también me alegro de verla – dijo el abogado –. Me han dicho que la operación ha sido un éxito, la felicito.
            -Un éxito relativo – puntualizó Monique.
            -Estoy al corriente. Quizá le interese saber que su agente, el señor Lamb, está fuera de peligro, y que el inspector Wolff ha salido del calabozo bajo fianza.
            -¿Quién ha pagado esa fianza y cómo se ha enterado usted de eso antes que yo?
            -Lo siento, inspectora, esa información es confidencial – dijo el abogado, con una falsa sonrisa en los labios.
            -Y si me lo dijera tendría que matarme, y esa mierda de pelis malas. No me toque los cojones y dígame la verdad.
            El desconocido se echó a reír.
            -Le he facilitado el trabajo, inspectora; yo que usted tiraba esos documentos y hacía algo con los diez mil dólares que tiene en ese bolsillo.
            En acto reflejo, Monique se echó la mano al bolsillo y miró hacia abajo. Todavía tenía el dinero de Tyler encima, no se había acordado de ello hasta el momento.
            En el breve instante en que Monique apartó la vista del abogado, éste se había desvanecido en el aire sin dejar rastro.
            -Hijo de puta – dijo Monique, levantándose de su escritorio.

             Había transcurrido una semana desde la muerte de Versailles.
            Lucille despertó a Abby minutos antes de que el Sol se ocultara. La pequeña entreabrió los ojos con ademán cansado y se desperezó.
            -Buenas noches, cielo – dijo una maternal Lucille –. ¿Has dormido bien?
            Abby no había dormido bien. De hecho, no había dormido bien desde su conversión. Las pesadillas la acosaban día tras día, y el estigma de la culpa la perseguía. Contra todo pronóstico, la muerte de su maestro no había traído la paz a su esíritu. Nada más lejos. Seguía atormentada y apesadumbrada.
            -¿Qué tal tu pierna? – preguntó Lucille, ante el elocuente silencio de la niña.
            La herida de la pierna. Su sempiterno recordatorio de que Lucille había intervenido por ella y había evitado que Tyler la borrara del mapa. Ahora, la niña pensaba que ese valiente acto de sacrificio había sido más bien un acto bastante estúpido. De no haberlo hecho, Lucille habría salido ilesa, Versailles habría muerto igualmente, y ella hubiera sufrido la muerte rápida e indolora que deseaba. Muerta y en paz.
            -Me duele – respondió Abby en un murmullo, tragándose sus lúgubres pensamientos.
            -¿Crees que puedes andar?
            -No lo sé – respondió ella desganadamente.
            Lucille le había traído ropa a la cama, por si acaso no podía caminar hasta el armario por su propio pie para cambiarse. Sin salir de la cama, la niña se desnudó y se puso la ropa limpia que Lucille le había traído. La mujer percibió, como todos los días anteriores, la resignación y la desgana en los movimientos de la pequeña, y le invadió la necesidad de hacer algo por ayudarla. No había tenido elección, vivía una vida que no quería vivir, y estaba condenada a hacer algo que no quería hacer para vivir por toda la eternidad, sin contacto humano. Quería ayudarla, sí, pero... ¿qué más podía hacer, sino compadecerse de ella?
            Lucille sacudió la cabeza y apartó esos pensamientos de su mente. “No olvides a qué has venido”, pensó.
            -No sé si puedo andar – repitió Abby.
            -Inténtalo – dijo Lucille, animándola –. Si no, puedo llevarte.
            Abby se puso en pie. Una repentina punzada de dolor recorrió su espina dorsal cuando apoyó algo de peso en su pierna herida, y lanzó un breve grito. Aunque, a pesar de que le dolía, al menos no tanto como los días anteriores.
            -¿Quieres que te lleve?
            Abby hizo un gesto negativo con la mano.
            -No... Creo que puedo andar así... gracias – dijo Abby, cojeando hacia la puerta.
            Lucille fue detrás de ella, ayudándola y guiándola. Abby acabó apoyándose en Lucille antes de bajar las escaleras, y así continuaron hasta alcanzar la puerta de la mansión.
            Lucille había recuperado su vieja motocicleta, una Vespa de segunda mano que su padre le había comprado a los 17 años. Versailles le había prohibido usarla, por alguna razón que quizá sólo él comprendería, pero ahora estaba aparcada frente a la puerta del suntuoso edificio.
            Lucille ayudó a la niña a subir al viejo vehículo y encendió el motor.
            -¿Adónde me llevas? – preguntó Abby.
            -Ahora verás – respondió Lucille.
            La mujer metió gas y se alejó de la mansión, comprobando por tercera vez esa semana, con satisfacción, que no se había olvidado del manejo de la moto. Abby no prestaba atención al camino. Estaba demasiado enfrascada en sus pensamientos. Seguramente Lucille le estuviera llevando a otro de esos bares para criaturas. La primera experiencia que habían tenido en el Hell’s Kitchen no le había gustado nada; le pareció un ambiente demasiado violento y desagradable, y no quería volver.
            Unos minutos después, la moto se detuvo.
            -Hemos llegado – anunció Lucille.
            Abby miró alrededor. Estaban a las puertas del cementerio.
            -¿Qué...? – dijo Abby, extrañada.
            Lucille ayudó a bajar a la niña y dejó la moto encadenada en la verja del cementerio. Abby miró las enormes puertas del lugar, confusa.
            -¿Qué es esto, una broma de mal gusto? – preguntó Abby.
            -Nada más lejos – respondió Lucille –. Ven conmigo.
            -Pero... ¿eso no es terreno santo? ¿No se supone que no podemos entrar?
            -Eso era en otros tiempos, cielo. Ahora sólo las tumbas están consagradas, y ni siquiera todas lo están. Así que mientras no te acerques demasiado a ellas, no pasará nada. Ven, anda.
            Aún escéptica, aunque con una creciente curiosidad, Abby se apoyó en Lucille y caminó junto a ella al interior del cementerio. Por la lesión de la niña, y por evitar las tumbas, fueron avanzando lentamente, y tras unos minutos de difícil trayecto, Lucille se detuvo frente a un par de tumbas en concreto.
            Abby miró al frente, y contuvo un grito.

THOMAS E. HARRIS
15/4/1960 – 30/10/2005
Amado padre y esposo

LISSA G. HARRIS
29/2/1964 – 30/10/2005
Amada madre y esposa

            Abby cayó de rodillas al suelo frente a las tumbas de sus padres, casi sin aliento e ignorando el dolor de su pierna, y dejó que dos silenciosas lágrimas cayeran por sus mejillas. Mientras tanto, Lucille, algo más apartada, observaba la escena, dando gracias silenciosamente a Monique Auxile, dondequiera que estuviera, por hacerle llegar esos diez mil dólares con una nota: “Úsalo bien”.
            -Sé que nunca tuviste la oportunidad de despedirte de tus padres... y me parecía lo correcto que, como mínimo, tuvieran un descanso decente – dijo Lucille –. Es lo mejor que he podido encontrar.
            Abby no respondió inmediatamente. Lloraba en silencio frente a las lápidas, mientras Lucille la miraba, conmovida, unos pasos más atrás. Se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
            -Puedes venir todas las noches que quieras – dijo Lucille.
            Abby giró la cabeza lentamente y miró a Lucille a través de las lágrimas de sus ojos. En sus rojos iris había una profunda gratitud hacia la mujer, y por primera vez en muchos días, una sonrisa sincera en sus labios.
            -Gracias – dijo Abby –. Muchas gracias.
            -Es lo mínimo que podía hacer. Por ellos y por ti.
            Abby se giró del todo y abrazó a Lucille, sollozando. Conmovida, Lucille le devolvió el abrazo a la niña, y le dio un beso en la frente, aguantando las lágrimas.
            Pasado un rato, Abby se separó momentáneamente de Lucille, y se volvió hacia las tumbas otra vez.
            -Papá... mamá... Os echo mucho de menos... Y dondequiera que estéis ahora, os llevaré siempre en el corazón... siempre os querré, os recordaré con amor... – se detuvo un momento y se llevó una mano al pecho –. Descansad.
            Lucille no pudo evitar dejar escapar un par de lágrimas ante la escena. Abby se inclinó respetuosamente ante las tumbas antes de volverse hacia la mujer y dedicarle una mirada llena de ternura y serenidad.
            -Gracias por todo lo que has hecho – le dijo.
            Lucille sonrió a la pequeña.
            -No hay de qué, cielo.
            A la luz de la luna menguante y las farolas de la calle, Lucille y Abby fueron caminando lentamente hacia el exterior del cementerio, con algo menos de peso en sus corazones.
            Porque ser un vampiro no implica ser un monstruo.


FIN

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            The following days were a complete chaos.
            Monique had to face a mountain of paperwork, all by herself. Wolff was under arrest for aggression, Jackie was in the hospital, and there were a lot of questions to answer concerning the last case they worked on.
            Amongst them, the deaths of David Peck, Carl and Starla Hudson, Louis-Armand de l’Êtat, Saul Wallace, and Edward and Lissa Harris. Also there was the disappearance of the girl named Abigail Callie Grace Harris, the moment of mental insanity that Winston Wolff had and that caused him to attack agent Jack Lamb, the mysteriously damaged audio file from Tyler D’s interrogation, and the presence of agents on duty in Versailles’ party.
            Monique actually wished that the case would finally be archived, so that she wouldn’t have to explain everything. The case was actually closed, but one thing was reality and another different thing was the official version.
            Considering all this, Monique had had more loss than gain. Wolff was arrested, Jackie was in the clinic under intense care, several people had died… and she had too many explanations to do.
            Monique sighed, exasperated, and rubbed her tired eyes, trying to think crearly.
            “Hello, detective”, a voice said in front of her.
            The detective tilted her head up again and looked in front of her. There was the shadowy figure of Wentworth Smith.
            “How’d you get in here?” Monique asked.
            “Good to see you too”, the lawman said. “I’ve been told that the operation was a success, congratulations”
            “A relative success, really”, Monique clarified.
            “I’ve been told that too. Maybe you would like to know that your agent, Mr. Lamb, is safe for now, and detective Wolff has been released from prison under a fee”
            “Who paid that fee, and how’d you heard of that before I did?”
            “I’m sorry, detective, but that information’s classified”, the lawman said, with a fake smile on his face.
            “Yeah, and you could tell me but then you’d have to kill me, that neo-noir bad movie bullshit. Dontcha fuck with me, tell me the truth”
            The stranger laughed.
            “I’ve made your job much easier, detective. If I were you I would throw away those documents and do something with those ten grand you have in your pocket”
            Subconsciously, she moved her hand to her pocket and looked down. She still had Tyler’s money there, she didn’t remember until then.
            In the brief instant she looked away from the lawyer, he had vanished in the air leaving no trace.
            “Son of a bitch”, Monique said, getting up from her desk.

            A week had passed since Versailles had died.
            Lucille woke Abby up minutes before the sun went down. The child opened her eyes, sleepy, and she stretched.
            “Good night, sweetie”, Lucille said. “Did you sleep well?”
            Abby hadn’t slept well. In fact she hadn’t been sleeping well since she was turned. Nightmares tormented her day after day, and the stigma of guilt chased her. Against all odds, the death of her master didn’t bring peace to her soul. Not even a little. She was still depressed and tormented.
            “How’s your leg?” Lucille asked, after the eloquent silence of the kid.
            The wound in her leg. Her eternal reminder of Lucille interfering for her and saving her from Tyler crossing her off. Now the kid thought that that brave act of sacrifice had been a rather stupid thing to do. If she hadn’t done that, Lucille would have been unharmed, Versailles would have died anyway, and she would have suffered the fast, painless death that she now wished. Dead and in peace.
            “Hurts”, Abby murmured, swallowing her macabre thoughts.
            “D’ya think you can walk?”
            “I dunno”, she replied, apathetic.
            Lucille had brought her clothes to the bed, just in case she couldn’t walk towards the closet by herself. Without getting out of the bed, the girl stripped naked and she put on the clothes that Lucille had brought her. The woman perceived, like every day before, the apathy and the resignation in the little one’s movements, and she felt the sudden need to do something to help her. She had no choice, she lived a life she didn’t want to live, and she was forced to do things she didn’t want to do in order to live eternally, with no human contact. Yes, she wanted to help, but what else could she do, but sympathize?
            Lucille shook her head to clear those thoughts from her mind. Don’t forget what you came for, she thought to herself.
            “I don’t know if I can walk”, Abby repeated.
            “Try it”, Lucille said, encouraging her. “If you can’t, I can carry you.”
            Abby stood. A sudden pain ran through her spine when she put some weight on her leg, and she let out a loud yelp. Even though it hurt, at least it wasn’t as bad as the days before.
            “You want me to carry you?”
            Abby made a negative gesture with her hand.
            “No… I think I can walk like this, thank you”, Abby said, limping towards the door.
            Lucille went on behind her, helping and guiding her. Abby ended up letting Lucille help her get down the stairs, and they continued like that until they reached the front door of the mansion.
            Lucille had recovered her old motorbike, a second hand Vespa her father bought her when she was 17. For some reason he only would understand, Versailles had forbidden her using it, but now it was parked right at the door of the big building.
            Lucille helped the girl get on the bike and started the engine.
            “Where are you taking me?” Abby asked.
            “You’ll see”, Lucille replied.
            The woman accelerated and went away from the mansion, gladly checking for the third time that week that she hadn’t forgotten how to ride a bike. Abby wasn’t paying attention to the road. She was too deep in her thought. Surely Lucille was taking her to some creature bar. The first experience they had in Hell’s Kitchen was nothing to like – she found the place to be violent and disgusting, and she didn’t want to go back there.
            Minutes after, the bike stopped.
            “Here we are”, Lucille announced.
            Abby looked around. They were at the gates of the cemetery.
            “What the…?” Abby said, surprised.
            Lucille helped the kid get off the bike, and then she left the vehicle chained to the fence of the cemetery. Abby stared at the huge gates of the place, confused.
            “What’s this, some kind of macabre joke?” Abby asked.
            “Nothing like that”, Lucille replied. “Come with me.”
            “But isn’t this holy land? We are not supposed to enter holy land.”
            “Those were other times, dear. Now it’s just the graves that are blessed, and not even all the graves are. So, as long as you stay away from the graves, you’ll be fine. C’mon.”
            Though still skeptical, but with burning curiosity, Abby let Lucille help her walk towards the entrance of the cemetery. Because of the girl’s wound, and to avoid getting near the graves, they were advancing slowly, and after several minutes of walking hard, Lucille stopped in front of two graves.
            Abby looked up and gasped loudly.

THOMAS E. HARRIS
4/15/1960 – 10/30/2005
Beloved husband and father.

LISSA G. HARRIS
2/29/1964 – 10/30/2005
Beloved wife and mother.

            Abby fell on her knees in front of her parents’ graves, her breath caught and ignoring the pain in her leg. She let two silent tears roll down her cheeks. Meanwhile, Lucille, standing in the background, witnessed the scene, silently thanking Monique Auxile, wherever she was, for sending her those ten thousand dollars with that note… “Use it correctly”.
            “I know you never had a chance of saying goodbye to your folks… It seemed right to me that, at least, they had a proper rest”, Lucille said. “It’s the best I could find.”
            Abby didn’t respond immediately. She was crying silently in front of the tombstones, while Lucille, moved, was looking at the scene from behind. She got closer to her and put a hand on her shoulder.
            “You can come anytime you want”, Lucille said.
            Abby turned her head slowly, and she stared at Lucille through the tears in her eyes. In her red irises was a deep gratitude for the woman, and for the first time in many days, a true smile in her lips.
            “Thank you”, Abby said. “Thank you very much.”
            “It’s the least I could do. For them, for you.”
            Abby turned and hugged Lucille, sobbing. Lucille hugged the kid back and kissed her forehead, holding back the tears.
            After a while, Abby parted from Lucille for a moment, and turned back to the graves.
            “Mom… Dad… I miss you very much. And wherever you are now, I’ll always keep you in my heart… I’ll always love you, I’ll always remember you…” she stopped and took her hand to her chest. “Rest in peace now.”
            Lucille couldn’t help but letting a couple of tears roll down her face watching the scene. Abby respectfully bowed in front of the tombs before turning to the woman and giving her a look full of sweetness and serenity.
            “Thanks for everything you did”, she said.
            Lucille smiled to the kid.
            “Not at all, sweetie.”
            Under the light of the waning moon and the streetlights, Lucille and Abby slowly walked out of the cemetery, somewhat relieved in their hearts.
            Because being a vampire didn’t necessarily mean to be a monster.

THE END

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AGRADECIMIENTOS:
· Para empezar, quiero agradecerle a mi amor, SCY, todo su apoyo y su cariño; no sólo hacia mí, el alocado escritor, sino también hacia los aún más alocados personajes. No sólo me ayudó con palabras de aliento, sino también haciendo que me diera cuenta de cosas de mis propios personajes que ni siquiera conocía. Gracias, mi amor; te quiero mucho.
· También le quiero agradecer su apoyo a otra amiga escritora, ELEMENT, y las interminables charlas de cómo hacer avanzar la historia y cómo hacer evolucionar a los personajes. Gracias. :-)
· Otra amiga escritora, aunque se apuntó a la historia con algo de retraso, la leyó con atención y me dio consejos. Es MISORA, autora de la novela Sangre sobre el pan y bloguera. Se enamoró al instante de los personajes y estuvo constantemente mostrando su apoyo. Gracias de corazón.
· Sigo con amigos escritores, esta vez todos de una vez, que me dieron su apoyo. ARKARIAN, MAY, JANO, ABBY. gracias por vuestro apoyo y por creer en este proyecto tan extraño. Y sobre todo creer en mí. Es algo que aprecio más de lo que imagináis.
· Escritores que me dieron su apoyo aunque no tenga mucho contacto con ellos, y que gozan de más éxito en su campo: SARAY, HAPLO. Gracias por mostrar interés en mi historia, o sacar el tiempo para siquiera leer una parte y darme una buena crítica. Vuestras palabras fueron muy útiles para mí. Gracias.
· Amigos no escritores, hay uno en concreto que lee con una pasión exacerbada lo que hago: DIEGO. Su pasión por mis historias es algo que pocas veces había visto; se enamoró casi al instante de mis personajes y siguió con muchísimo interés la historia, aguantando un parón de varios meses. Gracias por la paciencia y el apoyo. :-)
· No quiero dejar estos agradecimientos sin mencionar a otros amigos que siguieron la historia con interés.
· Y por último, a la gente que no ha leido la historia, y sé que no lo va a hacer (quizá nunca lo hagan, quizá sí lo hagan, ¿quién sabe?), pero que sí me dio su apoyo y su amistad: SANTI, ALEX, ANDREW. Tuvieron que aguantarme dándoles la chapa sobre mi historia, incluso aunque no les importaba demasiado, e incluso a veces me aconsejaron bien. Sólo por vuestra amistad (y paciencia), os tengo que dar las gracias. Sois geniales.
Y a todos mis lectores, gracias de corazón por mostrar interés en mis desvaríos mentales.
Hasta la siguiente historia. :-)
Os quiere,
JACK.

ACKNOWLEDGEMENTS:
· To start with, I want to thank my love, SCY, all her support and love, not only for me, the crazy writer, but also for my even crazier characters. She not only helped me with words of support, but also making me realize things about my characters that I didn't even know. Thanks, dear, I love you so much.
· I also want to thank another fellow writer and friend for her support: ELEMENT. Also thanks for the endless writer talks about how to make the story move forward and how to make the characters evolve. Thank you. :-)
· Another writer friend, although she started the story with a little delay, read it with attention and gave me advice. She's MISORA, author of the novel Sangre sobre el pan and blogger. She instantly fell in love with the characters and was constantly showing her support. Thank you very much.
· I want to thank more fellow writer friends, this time all at once. ARKARIAN, MAYJANOABBY. Thank you for your support and for believing in this crazy project. And, on top of everything, believing in me. It's something I appreciate more than you can imagine.
· Writers who gave me support although I don't have that much contact with them, and they enjoy a bigger success in this business: SARAYHAPLO. Thank you for showing interest in my story, or even finding the time to read a part of it and giving me good reviews. Your words were very useful to me. Thank you.
· Non-writer friends, there's one in special that reads anxiously the things that I do: DIEGO. His passion for my stories is something I've rarely seen. He fell in love almost instantly with my characters and followed the story with great interest, standing a several month long break. Thanks for the patience and the support. :-)
· I don't want to leave these acknowledgements without mentioning other friends that followed the story with great interest.
· And last but not least, people who haven't read the story, and I know they won't do it anytime soon (maybe they will never do it, maybe they'll do it, who knows?), but they did give me their friendship and support: SANTI, ALEX, ANDREW. They had to stand my boring talks about my story, even though they didn't really care about it, and sometimes they even gave me advice. Just for your friendship (and patience), I want to thank you. You're great, guys.
And to all of my readers, thank you, from the bottom of my heart, for showing some interest in my deviations.
See you next story. :-)
Sincerely yours,
JACK.

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