jueves, 5 de diciembre de 2013

V.S.: Niños de la tumba // Children of the grave (21)

¡Ya era hora, Jack!
Lo siento por el retraso. Disfrutad del nuevo capítulo :)

About time, Jack!
Sorry about the delay, enjoy this new chapter :)

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            Versailles saltaba ágilmente por los tejados de la ciudad, sin volver la cabeza ni un momento. En otras circunstancias, una sonrisa hubiera adornado su rostro, pues habría tenido una víctima en mente y un plan para segar su vida.
            Sin embargo, no había tal sonrisa. Porque no había tal víctima, ni tal plan. Sólo un licántropo persiguiéndole, corriendo incansablemente tras él para matarlo. Y nadie en su sano juicio sonreiría en esa situación. Ni siquiera Versailles.
            Sintiéndolo mucho, el Rey Vampiro se había deshecho de su espada, que le incomodaba para correr y saltar, restándole unas décimas de segundo de ventaja que podrían ser cruciales.
            Incluso corriendo a toda velocidad, el Rey Vampiro podía casi sentir el aliento mortal de Winston Wolff a sus espaldas. No necesitaba volverse y mirar atrás para ver que el enorme licántropo estaba pisándole los talones, corriendo a cuatro patas como un galgo persiguiendo a un conejo, gruñendo con placentero sadismo, esperando poder destrozarle entre sus fauces.
            Tras décadas de imponerse retos para no aburrirse, Versailles no recordaba cómo hacían los vampiros Tipo 1 para volar. Habían pasado casi ciento cincuenta años desde la última vez que voló, y desde entonces se había olvidado. Tampoco es que le entusiasmara la idea, pero incluso él mismo tenía que admitir que, con la muerte a un palmo de su espalda, era el momento de dejarse de tonterías y hacer todo lo que fuera para salvar la vida.
            Ensimismado en intentar recordar cómo se volaba, el Rey Vampiro saltó sin fijarse bien en lo que tenía delante.
            O mejor dicho, en lo que no tenía delante. El edificio sobre el que Versailles planeaba aterrizar había sido derribado esa misma mañana por problemas estructurales.
            El Rey Vampiro se vio a sí mismo precipitándose al vacío, y el pánico le invadió. No logró recordar cómo se volaba.
            -Merde! – gritó con todas sus fuerzas.
            Mientras caía, sin poder evitarlo, pudo oír a Winston Wolff, alias “El Perro de Van Helsing”, riéndose a carcajada limpia por el cambio de su suerte.

            Monique conducía a toda velocidad por las casi desiertas calles del centro urbano cuando vio pasar a Winston Wolff entre azotea y azotea por encima de su cabeza. Rápidamente pegó un volantazo y comenzó a seguir la persecución desde las calles, mirando hacia delante sólo lo necesario para no causar grandes daños. No quería perderlo de vista.
            Cuando llegó a una calle cortada a causa de un edificio recién demolido esa misma mañana, se dispuso a dar un rodeo, y pegó otro violento volantazo para coger una calle adyacente.
            Justo en ese momento, Jackie venía justo en dirección opuesta a la suya por la misma calle, también a toda velocidad, montado en el imponente Land Rover de Wolff.
            Ambos tuvieron la misma reacción: sobresaltarse y clavar los frenos. Ambos coches patinaron ruidosamente sobre el asfalto, y cuando finalmente se detuvieron, ambos vehículos estaban a sólo dos palmos el uno del otro.
            Se sucedieron tres segundos de tenso silencio y respiraciones agitadas.
            -¿A dónde crees que vas? – gritó Monique.
            -¡Estaba siguiendo al inspector Wolff! ¡Acabo de verle…!
            Entonces sonó un grito de terror. El inconfundible acento de Versailles.
            -¡Que se escapan! – dijo Monique.
            Pero la posición de sus vehículos no facilitaba en absoluto el movimiento. Uno frente al otro, sin margen para que uno pasara al lado del otro…
            Monique bufó, metió la marcha atrás y pisó el acelerador hasta quedarse a la altura de la calle paralela a la cortada, donde volvió a meter la directa y torció. El coche desapareció por la callejuela en un visto y no visto.
            Jackie dudó un instante antes de seguir a su compañera por las angostas callejuelas.

            El doctor Sward trabajó duro, pero consiguió hacer una modesta cura de las heridas de las dos vampiras.
            Lucille estaba sedada; tras extraerle las dos balas de plata del estómago, el doctor le había hecho un vendaje especial, y la había dormido para que pudiera aguantar el insufrible dolor.
            Abby, en cambio, seguía despierta, aunque algo aturdida. El doctor le había administrado una dosis de heroína muy pequeña, para que pudiera aguantar el dolor, pero había preferido no dormirla; su cuerpo era demasiado pequeño para aguantar bien una dosis entera.
            -Tengo que volver a la consulta – dijo Sward –. En la mesilla de Lucille he dejado un par de viales de heroína y unas jeringuillas junto con instrucciones muy precisas, por si necesitáis sedantes. ¿Entendido?
            -Cre... creo que sí – dijo Abby.
            -Ahora mismo estás demasiado aturdida para entender las instrucciones, así que úsalo cuando sea necesario, pero sólo cuando te sientas del todo lúcida. Se te pasará en unas tres o cuatro horas.
            Sward extrajo una tarjeta de su chaqueta.
            -El vendaje te debería durar hasta pasado mañana por la noche. Si se te cae o tienes algún otro problema, contacta conmigo; te dejo aquí mi teléfono personal.
            Abby asintió. Sward sacó un par de bolsas de sangre para transfusiones de su maletín.
            -Tómate eso, te vendrá bien – dijo –. Un consejo: por si acaso lo necesitas, te convendría tener algo de sangre de reserva en la nevera. Yo tengo que marcharme ya. Que os mejoréis, y cuidaos mucho.
            Dicho esto, Sward salió de la mansión. Abby mordió el plástico de la primera bolsa y bebió con ansia su contenido, saciando momentáneamente su apetito.
            Quizá fuera por el hambre, o por el aturdimiento inducido por las drogas que el médico le había dado, pero Abby no se dio cuenta de que, quizá, el doctor le había dado una clave para vivir sin matar.

            Versailles había dado con sus huesos en el suelo violentamente, y el dolor sacudía cada célula de su cuerpo. Sin embargo no era el golpe lo que le había molido los huesos (aunque le había quebrado unos pocos) ni había anulado sus poderes.
            Todo ello era consecuencia de haber aterrizado al pie de una iglesia.
            Tras el edificio derruido, había una modesta iglesia católica, no muy alta, con un pequeño terreno alrededor. Versailles lo sabía, pero siempre que tenía que pasar por allí, simplemente daba un rodeo. Pero esta vez le había fallado la concentración, y había caído de bruces en el recinto de alrededor del templo.
            Terreno santo.
            Al pisar terreno santo, Versailles, como cualquier vampiro, perdía sus poderes y se volvía muy débil.
            Wolff había bajado ya del edificio, y se había plantado frente al vampiro. En su rostro lobuno se podía ver dibujada una sonrisa cargada de sadismo. Wolff estaba disfrutando con lo que hacía; se sentía más poderoso que el más poderoso de los vampiros, el cual estaba frente a él sin poder levantarse del suelo.
            El lobo no dudó. Cogió al vampiro, se lo echó al hombro como si fuera un vulgar saco de patatas, y trepó como pudo la pared de la iglesia. Versailles intentó patalear, pero ni siquiera tenía fuerzas para eso, y se limitó a gimotear y sacudirse, autocompadeciéndose de su sufrimiento.
            Wolff llegó al tejado del templo, ayudándose de los ventanales y algunos ladrillos rotos o desgastados. La iglesia, de arquitectura contemporánea, tenía forma circular, por lo que el tejado era cónico, con una pendiente muy poco pronunciada. En el centro del tejado había una cruz de hierro forjado, de un metro de largo y totalmente maciza. De nuevo el rostro del lobo se iluminó con una malvada sonrisa.
            Wolff dejó caer el cuerpo del Rey Vampiro sin ceremonia alguna. El cuerpo de Versailles golpeó la superficie metálica, y el dolor hizo vibrar cada centímetro de su cuerpo. Su quejido lastimero quedó ahogado por la vibración de la enorme plancha de metal del tejado.
            Luchando por no perder el conocimiento, aunque sin fuerzas para moverse, el maltrecho Rey Vampiro no podía sino pensar en lo patético de su situación.

            Monique y Jackie llegaron a las puertas del templo con sus vehículos, habiendo sorteado el corte de tráfico con éxito, y contemplaron desde la calle el espectáculo que se sucedía en el tejado.
            -¿Qué coño está haciendo? – preguntó Monique.
            Jackie no respondió. Estaba demasiado absorto en observar lo que hacía su compañero, intentando averiguar qué iba a hacer a continuación. Sin embargo, tenía el presentimiento de que, fuera lo que fuera lo que tenía en mente, no era nada bueno.

            Wolff arrancó de cuajo la cruz de hierro que adornaba el centro del tejado, rompiendo el extremo inferior. Pesaba algo menos de veinte kilos, aproximadamente. La simple vista del símbolo cristiano hizo que el Rey Vampiro abriera mucho los ojos, aterrado, y comenzara a agitarse, tratando de moverse, sin éxito.
            -No... – alcanzó a decir –. Por favor... Eso no...
            Wolff soltó una sonora carcajada, y acto seguido dejó caer la cruz sobre el torso del vampiro. La intersección de ambas barras metálicas le golpeó con fuerza el estómago, dejándole sin aire un par de segundos. Versailles esperó a sentir su piel quemarse, el insoportable dolor...
            Pero eso no ocurrió.

            Tyler corría por las alcantarillas. Estaban vacías, totalmente desiertas, lo cual es normal durante la noche cerrada.
            En cierto modo, corría a ciegas. No tanto por la falta de luz en los túneles del sistema de alcantarillado, sino por no saber a ciencia cierta hacia dónde ir. Había cogido la alcantarilla porque era un camino más directo y menos concurrido que las calles. Sin embargo, había una razón adicional por la que había cogido esa vía.
            Los demonios.
            Los demonios no podían existir por sí mismos en la Tierra, ni tampoco crear un avatar humano a su imagen y semejanza como hacían los ángeles. No, los demonios necesitaban poseer un cuerpo humano para poder vagar por el mundo. Algunos de ellos vivían en los cuerpos durante años, pero debido a su naturaleza maligna no eran seres sociables, ni siquiera entre los miembros de su propia especie. Eran solitarios por naturaleza, y ni siquiera resistirían vivir en una casa humana; aquellos que vivían en cuerpos humanos durante periodos prolongados de tiempo (lo cual tampoco era muy común; el tiempo de posesión medio era de unas horas) se refugiaban en sitios oscuros y húmedos.
            Como las alcantarillas.
            Una ventaja de los demonios era que, por alguna razón, siempre sabían con exactitud dónde se encontraban otras criaturas infernales. El porqué de este poder escapaba al conocimiento del cazador de vampiros, aunque deducía que tenía algo que ver con una especie de mente-colmena (lo cual explicaba por qué los vampiros, híbridos de humano y demonio dotados de libre albedrío, no tenían este poder).
            Sea como fuere, esto no era tan importante para Tyler como el beneficio que obtenía de ello. Porque los demonios podían localizar a los vampiros, pero no a la inversa.
            No le costó mucho dar con uno. Los demonios que le habían cogido el gusto a eso de vagar por la Tierra se distinguían por una acusada falta de higiene que les hacía parecer zombis. Este, en concreto, vestía ropas andrajosas, tan rotas que prácticamente iba desnudo. Su piel estaba sucia e irritada, y tenía la mirada perdida. En resumen, daba auténtico asco.
            -¡Tú! – dijo Tyler.
            El demonio se lanzó sobre el cazador con un rugido, dispuesto a devorarlo.
            Tyler simplemente se apartó a un lado.
            El demonio cayó al suelo de bruces, y Tyler aprovechó para ponerle un pie sobre la espalda, manteniéndole en el suelo.
            -¿Sabes quién soy?
            El demonio rugió. Eso equivalía a un asentimiento.
            -Entonces sabrás que sólo te mataré si me das motivos para ello. ¿Lo intentamos otra vez de manera más civilizada?
            El demonio gruñó, aceptando a regañadientes. Aún así, el cazador no levantó el pie de su espalda.
            -Quiero que me digas dónde está el Rey Vampiro.

            Versailles logró soltar una risa asfixiada, al darse cuenta del fallo del plan de Wolff.
            La cruz que le acababa de echar encima no le quemaba la piel porque no estaba consagrada.

            Wolff vaciló durante unos instantes. Entonces volvió a coger la cruz, y acto seguido le golpeó con ella en el torso. Versailles se quejó, dolorido.

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            Versailles jumped gracefully from one rooftop to another, without turning his head back even once. In other circumstances, a smile would be shining on his face, for he would have had a victim in mind and a plan to cut their life short.
            However, there was no such smile, because there was no such victim and no such plan. Only a huge werewolf chasing him, running after him non-stop to hunt him down. And no person in their right mind would smile in such a situation, not even Versailles.
            Feeling sorry about it, the Vampire King had gotten rid of his sword, which made it hard to jump and run, causing a few split seconds of delay that could be crucial.
            Even running as fast as he could, the Vampire King could feel the deadly breath of Winston Wolff on his back. He didn’t need to turn his head and look back to know that the huge werewolf was just behind him, running in all fours like a greyhound chasing a rabbit, growling in sadistic pleasure, expecting to dismember him under his claws.
            After decades of challenging himself to avoid boredom, Versailles couldn’t quite remember how Type Ones did to fly. It had been almost 150 years since the last time he flew, and he had forgotten since. Not that he was very fond of the idea, but even he had to admit that, with a certain death inches away from his back, it was time to drop the bullshit and do whatever he had to do to save his own life.
            The Vampire King was so focused on trying to remember how to fly, that he jumped without looking at what he had in front of him.
            Or, better, what he didn’t have. The building on which Versailles planned to land had been demolished that very morning due to structure problems.
            The Vampire King found himself falling, and panic took over him. He couldn’t remember how to fly.
            “Merde!” he yelled on top of his lungs.
            As he was falling with nothing to stop him, he could hear Winston Wolff, a.k.a. “the Hound of Van Helsing”, laughing like a madman because of the change of his luck.

            Monique drove as fast as she was able through the almost empty streets of the city, when she saw Winston Wolff jumping from rooftop to rooftop above her. She spun the steering wheel and started following the chase from the streets, looking straight ahead only the necessary not to cause an accident. She didn’t want to lose sight.
            When she reached a street that was closed to traffic because of a block that was demolished that very morning, she thought of another way around, and she spun the wheel to drive through another street.
            Just in that moment, Jackie was coming right in the opposite direction, also top speed, driving Wolff’s big Land Rover.
            They both had the same reaction: surprise and hit the brakes. Both cars noisily slipped on the ground, and when they finally stopped, both vehicles were just about ten inches apart.
            There were three seconds of a tense silence and heavy panting.
            “Where the fuck d’you think yer going?” Monique yelled.
            “I was following inspector Wolff! I just saw him…!”
            Then a horror scream was heard. It was the unmistakable accent of Versailles.
            “They’re running away!” Monique said.
            But the position of their vehicles didn’t permit an easy movement at all. One facing the other, without a space on the side to move along…
            Monique hissed. She put the reverse gear and hit the pedal until she reached a street parallel to the one closed, where she put it in D again and turned. The car disappeared by the street in a blink.
            Jackie flipped for a second before following his partner by these narrow streets.

            Doctor Sward worked hard, but he managed to cure the wounds of the two vampires.
            Lucille was sedated; after pulling out the two silver bullets from her belly, the doctor had bandaged her in a particular way, and he had put her to sleep for her to stand the unbearable pain.
            Abby, however, was still awake, albeit somewhat fuzzy. The doctor had given her a very small dose of heroin, so that she could stand the pain, but he had preferred not to sedate her completely; her body was too small to stand a full dose.
            “I have to go back to the clinic”, Sward said. “I’ve left a couple of heroin vials on Lucille’s night table, as well as some syringes and very specific instructions, in case you need sedatives again. Understood?”
            “I– I think so…” Abby said.
            “Right now you’re too dizzy to understand the instructions, so use it when necessary, but only when you feel completely lucid. It’ll wear off in three or four hours”
            Sward took a business card out of the pocket of his jacket.
            “The bandage should last until the night of the day after tomorrow. If it falls or you have any other problem, give me a call. Here’s my personal phone number”
            Abby nodded. Sward took a couple of blood bags for infusions out of his briefcase.
            “Drink this, it’ll do you good”, he said. “Some advice: for difficult times, you should have some extra blood in the fridge. I have to go now. Take care”
            That being said, Sward got out of the mansion. Abby bit the plastic of the first bag and anxiously drank the contents, temporarily quenching her hunger.
            Maybe it was because of the hunger, or maybe it was because of the drugs that the doctor had given to her, but Abby didn’t realize that maybe the doctor had given to her the vital clue to live without killing.

            Versailles had hit the floor violently, and pain shattered every cell in his body. However it wasn’t the fall what had shattered his bones (although it had broken some), or made him lose his powers.
            The reason was having landed beside a church.
            Behind the demolished building, there was a small Catholic church, not very high, with a little garden around it. Versailles knew about it, but every time he had to pass by, he simply took a way around it. But this time his concentration had failed him, and he had fallen straight onto the garden around the church.
            Holy ground.
            When in holy ground, Versailles, just like any other vampire, lost his powers and turned very weak.
            Wolff had gone down from the building already, and he was in front of the vampire. A sadistic smile could be seen on his face. Wolff was enjoying what he did, he felt more powerful than the most powerful vampire, who was in front of him, not even able to get on his feet.
            The wolf didn’t hesitate. He took the vampire on his shoulder like an empty sack and climbed the wall of the temple as best as he could. Versailles tried to fight it, but he didn’t even have the strength to do so, and he just whined and moved a little, complaining about his suffering.
            Wolff reached the roof of the church, with the help of the windows and some broken bricks. The temple, which had a modern design, was round, so the roof was conical, with a very smooth inclination. In the center of the roof was a cross made of wrought iron, three feet high and solid. Again the wolf’s face was enlightened with an evil grin.
            Wolff carelessly dropped the vampire. Versailles’ body hit the metallic surface, and the pain shattered every inch of his body. His whine was silenced by the vibrations of the metal roof.
            Struggling not to lose consciousness, with no strength to move, the battered Vampire King couldn’t think of anything other than his pathetic situation.

            Monique and Jackie reached the temple on their vehicles, having sorted out the traffic cut successfully, and watched from the street the events unfolding on the roof.
            “What da fuck is he doin’?” Monique asked.
            Jackie didn’t answer. He was too busy watching what his partner was doing, trying to figure out his next moves. However, he had the feeling that, whatever he was going to do, it wasn’t going to be good.

            Wolff broke off the iron cross that was on the center of the roof, breaking the lower end. It weighed a bit less than 45 pounds. Just the sight of the Christian symbol made the Vampire King open his eyes wide in panic and start to shake, unsuccessfully trying to move away.
            “No…” he managed to say. “Please… Not that…”
            Wolff laughed audibly, and then he dropped the cross onto the vampire’s torso. The intersection of both metal bars hit him hard in the stomach, leaving him breathless for a couple of seconds. Versailles expected to feel his skin burning, the unbearable pain…
            But that didn’t happen.

            Tyler was running through the sewer. They were empty, absolutely lonely, which is normal in the middle of the night.
            In certain way, he was running aimlessly. Not because of the lack of light in the tunnels, but rather because he didn’t exactly know where he was going to. He had taken the sewers because it was a clearer, straighter path than the streets. However, there was another reason why he had decided to go this way.
            Demons.
            Demons couldn’t exist by themselves on Earth, nor could they create an avatar that looked exactly like them, like angels did. No, demons needed to possess a human body in order to roam the Earth. Some of them lived in bodies for years, but due to their evil nature, demons weren’t social beings, not even among members of their same species. They were lonely by nature, and they wouldn’t even resist living in a human house. Those who lived in human bodies for long spans (which wasn’t very common anyway – average possession time was just a few hours) lived in dark, humid places.
            Like the sewers.
            One good thing about demons is that, for some reason, they always knew where other infernal creatures’ whereabouts. The reason of this power was something the vampire hunter didn’t know, but he thought it had something to do with some kind of collective consciousness – which could explain why vampires, hybrids of human and demon with free will, didn’t have this power.
            It didn’t take much to find one. Demons who liked roaming the Earth had a distinct lack of hygiene, which made them look like zombies. This one was dressed in ripped clothes which were so torn that he was practically naked. His skin was dirty and sore, and his eyes were focused nowhere. In one word, he was disgusting.
            “Hey!” Tyler yelled.
            The demon jumped towards the hunter, ready to devour him.
            Tyler simply stepped aside.
            The demon hit the floor face first, and Tyler put a foot on his back, making him stay down.
            “You know who I am?”
            The demon growled. That was a yes.
            “Then you know that I won’t kill you unless you give me a reason to do so. Should we try this in a more civilized way?”
            The demon grunted, reluctantly accepting. Yet the hunter didn’t remove his foot from his back.
            “I want you to tell me where the Vampire King is”

            Versailles managed to cough an asphyxiated laugh after he discovered the error in Wolff’s plan.
            The cross that he just dropped on him wasn’t burning his skin, because it wasn’t consecrated.
            Wolff hesitated for a few seconds. Then he took the cross again, and just after he hit him hard with it on the torso. Versailles shouted in pain.

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