jueves, 19 de febrero de 2015

Las praderas de la Muerte

Últimamente me cuesta mucho escribir.
Tenía pensado reservar este relato que escribí hace ya unos meses para cuando volviera a tener un proyecto entre manos. Sin embargo, sigo sin escribir nada nuevo, así que tengo que recurrir a cosas que tengo en mi reserva para poner en el blog.
Esta historia en concreto es una de mis historias más extrañas: está inspirada en un sueño, que a su vez estaba inspirado en un videoclip (que podéis ver al final de esta entrada). Se inspira en la mitología griega, las representaciones religiosas de la Muerte, y el oeste norteamericano.
Espero que la disfrutéis.

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LAS PRADERAS DE LA MUERTE

Capítulo 1: Pequeño Jack.
            -¡Saraaaaah!
            Grité y grité hasta desgañitarme, pero en esos negros páramos no se veía un alma. Era una de esas noches en las que no hay estrellas en el cielo, y la luna nueva no iluminaba. Aun así, un raro resplandor me permitía ver hasta donde alcanzaba la vista. Hice girar en círculos a Thiago, mi caballo blanco, buscando a mi amada Sarah por los alrededores.
            Nada, ni un rastro de vida.
            Las hierbas muertas crujían bajo los cascos de Thiago. Era curioso, no se veía ni siquiera un simple árbol, sólo una llanura que se extendía infinitamente. Thiago relinchó y movió la cabeza. Le acaricié la crin, intentando calmarlo, y dejé de hacerle dar vueltas; tanto giro seguramente lo estaba mareando, y a mí sólo me servía para desorientarme más.
            Caí en la cuenta de que ni siquiera sabía dónde estaba. Ni por qué mi Sarah debería estar por aquí. Simplemente lo sabía. Sarah debía estar cerca.
            Entonces, a mi derecha, en la lejanía, oí un relincho. Pero no era un relincho corriente... No sabría cómo explicarlo, pero sonaba más como un mal presagio que como un relincho. El trote de los cascos hacía temblar la tierra. Y los gritos de “¡Jia!” que daba el jinete, aun oyéndose lejanos, helaban la sangre.
            Miré a mi diestra y vi una figura envuelta en una túnica negra, cabalgando a toda prisa hacia mí sobre un caballo más negro que la más oscura de las noches.
            Sin dudarlo ni un momento, espoleé a Thiago y lo hice cabalgar hacia el lado opuesto, huyendo del oscuro jinete que me perseguía. Ni siquiera volví la vista atrás; el sonido de los cascos del otro jinete ya me indicaba que estaba siguiéndome, y poco a poco iba ganándome terreno.
            Galopé y galopé sin rumbo fijo por esa oscura llanura sin fin, perseguido por ese infernal sonido de cascos. Cada bufido del caballo negro sonaba como si estuviera justo a mis espaldas, y me daba escalofríos. Sin pensarlo, volví la cabeza.
            Lo que vi me dejó estupefacto.
            El jinete estaba envuelto en una túnica negra que le cubría todo el cuerpo, como ya había visto, y las sombras cubrían su rostro. Pero sus manos, sus horribles manos huesudas, eran lo más horripilante de todo. La izquierda sostenía las riendas del oscuro caballo, mas la mano derecha sostenía una guadaña, cuyo filo relucía con el resplandor que iluminaba la llanura.
            De pronto caí en la cuenta, cuitado de mí, de que estaba huyendo de la Muerte.
            Espoleé con fuerza a mi caballo, esperando ganar algo más de terreno. Durante toda la maldita guerra estuve esquivando a la maldita Parca, y ahora que estaba de vuelta a casa, ¿por qué me perseguía? ¿Por qué, tras tantos esfuerzos por sobrevivir en el campo de batalla, estaba notando su frio aliento a mis espaldas? Yo sólo quería ver a mi amada prometida...
            -¡Sarah!
            Delante de mí, también galopando a toda velocidad en su yegua marrón, pude verla. Sus cabellos oscuros ondeaban al viento. Sus ropas masculinas no hacían nada por esconder una sensual figura femenina que conocía con escrupuloso detalle.
            Incluso entonces, perseguido por el espíritu segador de vidas, luchando por salvar mi alma, no pude sino sonreír.
            Espoleé a Thiago con más fuerza, esta vez no tanto para poner tierra entre la Parca y yo, como para alcanzar a Sarah, que galopaba veloz a lomos de su yegua. Con cuidado de no matar de agotamiento a mi fiel caballo, seguí haciéndolo correr hasta alcanzar a mi amada.
            Ella me miró y sonrió.
            Entonces el jinete oscuro detrás de nosotros tiró de las riendas e hizo a su caballo detenerse. Ambos miramos hacia atrás e hicimos lo mismo, extrañados. Hicimos a nuestros caballos volverse para poder mirar hacia la figura encapuchada, que nos devolvía la mirada desde debajo de su negra capucha.
            -Tengo trabajo – sentenció, con una voz de ultratumba que hizo que mi piel se erizara bajo el uniforme de soldado –. No tardaré mucho.
            Entonces la Muerte dio la vuelta a su caballo y se alejó de nosotros al galope, por el mismo camino por donde había venido. Sarah y yo vimos al espíritu alejarse, e inconscientemente nos dimos la mano.

Capítulo 2: La bandida Lauren.
            -¡Salid de ahí, gabachos hijos de puta! – grité, apuntando a la diligencia con mi rifle –. ¡Os tenemos rodeados!
            La portezuela de la lujosa diligencia se abrió poco a poco. De ella descendió un hombre rico con las manos en alto. El tipo vestía buenas ropas, portaba anteojos y tenía un ridículo bigote canoso.
            -No nos hagan daño, por favor – dijo el hombre, con un marcado acento francés –. ¿Qué quieren? ¿Dinero, esclavos? Cojan lo que quieran, pero se lo suplico, no nos hagan daño, a mí ni a mi familia.
            -Eso ya lo veremos, viejo – dije –. Haz salir a tus familiares.
            Mis cinco compañeros, que rodeaban la diligencia montados en sus caballos, armados con sus revólveres y rifles, estaban empezando a perder la paciencia. El cochero, un esclavo negro vestido con las mismas ropas finas que sus amos, estaba aterrorizado; quizá sus tripas habían vaciado desechos del mismo tono que su sucia piel de simio africano.
            -¡Vamos, maldito gabacho, no tengo todo el día!
            Apunté al viejo con mi rifle. El tipo estaba paralizado por el miedo, y a mí se me estaba agotando la paciencia. Viendo que tampoco tenía la intención de moverse, decidí darle un pequeño incentivo.
            Apunté con mi rifle al negro y apreté el gatillo. Sus sesos y pequeños pedacitos de su cráneo simiesco se desparramaron por el techo de la diligencia, y su asqueroso cuerpo cayó sobre la arena del desfiladero. En el interior del coche sonaron gritos de terror, y los caballos que tiraban de la diligencia se pusieron a relinchar, amenazando con encabritarse. Sin perder un solo instante, hice una seña al compañero que tenía al lado, que disparó sus revólveres sobre los caballos.
            -¡He matado a vuestros caballos! – dijo –. ¡Salid inmediatamente y quizá os dejemos con vida!
            El viejo no dudó en volverse.
            -Sortez! Sortez! – gritó.
            Al poco, una mujer de preciosos cabellos rizados y vestido pomposo salió temblando del coche de caballos. La seguían dos gemelas rubias de ojos azules, de unos trece años, muy guapas y vestidas de forma similar a la de la madre, y un niño de aspecto enclenque que no dejaba de toser y agarrarse la tripa.
            -Por favor, os daremos lo que pidáis, pero no nos hagáis daño... Sólo queremos llegar al siguiente pueblo... Juro que no diremos nada al sheriff – suplicó el viejo.
            Mi compañero me miró, con gesto de desconfianza.
            -¿Tú te lo crees, Lauren? – preguntó.
            Sonreí con malicia y miré al viejo y a su familia.
            -Si algo he aprendido en los años que he vivido, es a no confiar en la palabra de un gabacho. Sus promesas valen lo mismo que la mierda de sus caballos.
            Los otros bandidos se echaron a reír. Seguí hablando mientras recargaba el rifle.
            -Y el sheriff Pruitt nos la tiene jurada desde hace tiempo... Seguro que si le llegan rumores de que la famosa banda de Lauren ha robado a una familia de esclavistas gabachos, le pasa el aviso a los marshalls, los marshalls nos capturan, y lo siguiente que sabemos es que nos mandan a la horca. ¿Tú piensas correr ese riesgo?
            Mi compañero negó con la cabeza.
            -Lo que yo pensaba.
            Cerré mi Winchester, lo amartillé y apunté al viejo.
            -Au revoir, capullo.
            Un disparo.
            La mujer y las niñas gritaron al verse cubiertas con la sangre del viejo, que se desplomó en el suelo arenoso.
            -Lauren, las mujeres son bellas. ¿Podríamos divertirnos con ellas antes de matarlas? – dijo otro de mis compañeros.
            Sonreí. Sin duda las mujeres eran una belleza. Mis compañeros estaban acostumbrados a que yo fuera la única mujer. Tampoco es que yo fuera fea, ni mucho menos; de hecho era bastante guapa incluso vestida con ropas de vaquero. Pero no me dejaba tocar por nadie si yo no quería, y lo había dejado claro desde el primer día. Todos mis compañeros lo entendían y obedecían sin rechistar.
            -Sí, por supuesto... Ya ha pasado bastante tiempo desde la última vez que os limpiasteis el sable – concedí.
            -¿Y el niño qué? – preguntó otro.
            El pequeño miró hacia mí con ojos de cordero degollado.
            -No le hagáis daño – dije sin poder evitarlo –. Yo me encargo de él.
            -Como quieras – dijo mi compañero.
            Todos bajamos de los caballos y nos acercamos a la aterrorizada familia. Mientras mis compañeros agarraban a las mujeres, yo me acerqué al pequeño y me agaché para mirarle a la cara. Sus ojos eran negros como el azabache, así como su pelo, y no paraba de agarrarse el estómago. Miraba a su madre y hermanas mientras mis compañeros les arrancaban los vestidos.
            -Eh... ¿Dónde guardáis el dinero? – pregunté.
            El chico no dejaba de agarrarse el estómago y hablar en francés.
            -Oye, niño, no entiendo el gabacho. Habla en cristiano, dime dónde está el dinero y te dejaré salir con vida...
            De pronto, el niño se echó a toser, salpicándome la cara de sangre. Pude oír cómo se desplomaba en el suelo, mientras dentro de mí sentía la ira crecer. Con la manga de mi camisa, me limpié la cara, y sin dudarlo ni un momento cogí mi cuchillo. El niño estaba retorciéndose en el suelo, escupiendo sangre y llorando. Verlo patalear y quejarse sólo aumentó mis ganas de matar.
            Levanté las manos por encima de mi cabeza, y con un grito le hundí el filo de mi cuchillo en el estómago. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces. La sangre manaba del cuerpo del infante, salpicándome el cuerpo y manchando mi ropa. Con una mano le cubrí la boca al niño para que dejara de gritar, hasta que poco a poco dejó de patalear, dejó de moverse, dejó de respirar.
            De repente, sentí un contacto frio y huesudo en mi hombro. Una mano blanquecina.
            -No debiste haber hecho eso, Lauren – oí que una voz de ultratumba decía a mis espaldas.
            No me dio tiempo a volverme. El niño abrió los ojos de repente, unos ojos totalmente negros y malvados. Sin que yo pudiera hacer nada, cogió mi cuchillo y me lo clavó en el cuello.
            Caí al suelo mientras una fuente de sangre manaba de la herida de mi cuello. El niño corrió hacia mis compañeros, que ya habían desnudado a las mujeres y estaban a punto de regocijarse con ellas. Al primero le cortó el cuello, haciendo que una cascada roja cubriera la piel desnuda de su hermana. Al segundo le hundió el cuchillo en el pecho. El tercero tuvo tiempo de desenfundar el revólver a tiempo, pero él lanzó el arma y se la clavó en mitad de la frente. El cuarto llegó incluso a disparar contra el chico, pero él siguió caminando como si nada; cogió el revólver del tercero, y disparó al cuarto dos veces, una en la frente y la segunda en el corazón.
            El quinto estaba petrificado de miedo. El niño le disparó en la entrepierna, arrancándole el miembro de cuajo. Le disparó en las piernas, haciéndole caer de rodillas, mientras se acercaba. Con un quinto disparo le arrancó tres dedos de la mano derecha. La sexta y última bala la reservó para cuando ya estaba a su lado. Le metió la pistola en la boca y disparó. La parte posterior de su cabeza salió volando por los aires en una lluvia de sangre.
            Después se volvió hacia su madre y hermanas. Cogió el cuchillo, y sin un ápice de duda se lo hundió a su madre entre los pechos de un solo y certero golpe. Después, cogió otro revólver, y disparó una bala en la cabeza de cada una de sus hermanas.
            De pronto, me encontré de pie frente a mi cuerpo inerte y sanguinolento, incapaz de hacer nada que no fuera presenciar la horripilante escena que se desenvolvía frente a mis ojos.
            Una figura cubierta por una túnica negra descendió de su caballo, igualmente negro, y se detuvo frente al niño. El hombre de la túnica cogió su guadaña con ambas manos, y sin un ápice de vacilación le rebanó la cabeza al niño.
            Quise gritar pero no pude.
            El encapuchado se volvió hacia mí y me tendió una mano. Reconocí esa mano como la que me había tocado el hombro antes de que el niño me…
            …matara.
            Mis compañeros empezaron a aparecerse frente a sus cuerpos muertos, así como nuestras víctimas. El único que faltaba era el niño.
            -Habéis hecho un buen trabajo manteniendo al niño con vida – dijo el encapuchado –. Siento que hayáis tenido que pagar con vuestras vidas el descuido de Lauren.
            Fruncí el ceño. ¿Descuido? El encapuchado se volvió hacia mí.
            -Este niño estaba destinado a ser poseído por los demonios. Mantenerlo con vida durante seis días y seis noches era vital para que los demonios no entraran en este mundo. Por fortuna, he logrado impedir que causaran más daños. Pero tú, Lauren, bandida insensata, has echado a perder todo por lo que esta inocente familia estaba trabajando. Vas a pagar por tus numerosos pecados en la Otra Vida.
            Quise replicar, pero entonces el desconocido hizo un gesto. El desfiladero desapareció. La luna llena se apagó. Las estrellas se fueron extinguiendo una a una. El suelo arenoso se desvaneció. Los cadáveres desaparecieron, así como los caballos.
            Y todo se volvió negro.

Capítulo 3: El viaje hacia el Más Allá.
            Pequeño Jack había desmontado de su caballo junto a su amada Sarah. La miró a los ojos largamente antes de subir las manos y acariciar su rostro con suavidad. Ella correspondió el gesto, asió su rostro y tiró de él hacia sí, juntando sus labios con los de él. Jack cogió del talle a su amada, fundiéndose con ella en un abrazo. Se permitió dejar escapar un par de lágrimas sin romper el beso.
            Tras un largo rato, los amantes vieron aparecer en lontananza la triste pero imponente figura de la Muerte, seguida de un grupo de diez personas que caminaban a pie. El caballo negro de la Parca avanzaba despacio, al mismo ritmo al que caminaban los que la seguían. Entonces, y sólo entonces, Pequeño Jack comprendió.
            El joven soldado miró hacia atrás, y vio que la llanura terminaba no muy lejos. Curioso, Jack se acercó caminando hacia el pequeño acantilado en el que terminaba la llanura, y miró hacia abajo.
            Un modesto embarcadero con doce barcas de remos descansaba al pie del acantilado. Allí, una figura humanoide esperaba tocando una lúgubre melodía en un arpa vieja, iluminado por un viejo farol que estaba a sus pies.
            Sarah cogió la mano de Pequeño Jack, contemplando la misma vista que su enamorado. Estuvieron un buen rato escuchando al barquero tocar sus lúgubres melodías, hasta que las pisadas de los cascos del caballo negro se escucharon justo detrás de ellos.
            Pequeño Jack se volvió. Los recién llegados incluían un hombre viejo, una mujer rubia de cabellos rizados, dos niñas gemelas de cabello pálido, una mujer joven de cabello pelirrojo y cinco hombres cubiertos de cicatrices. Uno a uno, fueron saltando hacia el embarcadero. El barquero se limitó a gruñir, soltar su instrumento y extender la mano.
            -Humanos, estáis ante Caronte, el barquero del Más Allá – sentenció la Muerte –. Él es quien os guiará hacia vuestro destino. Deberéis seguir la luz que cuelga de su barco si no deseáis acabar perdidos durante toda la eternidad por el Éter. Primero, dejará en el Averno a quien esté destinado a la perdición eterna. Después conducirá al Paraíso a todo aquél que haya sido bendecido con la absolución. Sin embargo, todos vosotros deberéis pagar a Caronte por vuestro último viaje, por conduciros a vuestro destino.
            -Dos monedas de plata por viaje – dijo Caronte.
            El primer hombre rebuscó en sus bolsillos y sacó dos cuartos de dólar. Caronte cogió las monedas de mala gana, las examinó cuidadosamente y dijo:
            -Me valen. Coge una barca y espera.
            El hombre obedeció al barquero: escogió una barca y se sentó dentro. Así, uno a uno, hicieron todos los recién llegados, hasta que sólo quedó una barca libre.
            Pequeño Jack miró a la Muerte.
            -Tu amada Sarah dio su vida por salvar tu alma de las llamas del Averno – dijo la imponente figura encapuchada con su voz de ultratumba –. Fue un acto de sacrificio redentor. Ella te ama, Pequeño Jack, de la misma forma que tú la amas a ella. Vuestras almas están unidas por los lazos del amor para toda la eternidad, incluso sin haberos unido formalmente delante de vuestro dios. Ella es tuya, y tú eres suyo. Donde tú vayas, ella irá contigo.
            Pequeño Jack y Sarah asintieron, sonrieron y se besaron, antes de saltar, dados de la mano, al embarcadero de Caronte.
            -Para vosotros hay una sola barca – dijo Caronte –. Dos monedas de plata.
            Sarah sacó del bolsillo de sus vaqueros un cuarto de dólar, y Pequeño Jack otro. Entregaron a Caronte las monedas, que examinó escrupulosamente.
            -Me valen. Montaos en la barca. El viaje será largo.
            El malhumorado barquero se levantó, estirando sus extremidades. Dejó el arpa de mala manera en su propia barca, colgó el farol del soporte que había en ella, y con un simple gesto las doce embarcaciones comenzaron a navegar por las tranquilas y oscuras aguas.
            Todos tenían los ojos fijos en el farol que colgaba de la barca de Caronte, pero Pequeño Jack se permitió volverse hacia atrás un momento y dedicar una última mirada a la Muerte, que observaba las barcas alejarse desde su caballo, en lo alto del acantilado.
            Pequeño Jack sonrió y volvió a mirar al frente, hacia la luz de Caronte, que les guiaba en su último viaje, el viaje hacia su destino.


FIN

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VOLBEAT (ft. Sarah Blackwood) - Lonesome Rider.

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